Esta lluvia es limpia,
es tiempo y es vació.
Son ilusiones destrozadas.
Son tardío roce
de tus azules lágrimas.
I
Se desata la lluvia, y seguida de las gotas viene el estruendo de las ventanas que se azotan y se cierran. De la gente que se protege y que nada quiere saber sobre tan cautivante aguacero. También yo ya me he levantado del sillón en que me encuentro y cierro el cristal de mi habitación, escucho las pesadas gotas caer una a una —esporádicas aun— por sobre las laminas. Pero me detengo, mi mano sobre la ventada, tocando el estoico vidrio que se torna frió, que se humedece y se distorsiona por las gotas que se deslizan del otro lado; tierno liquido que se adhieren en el ventanal.
Y mientras más gris se vuelve el día, más fuerte se estrella la lluvia sobre las calles, sobre mi casa y mi ventana. Y sin importar la cristalina barrera, siento los golpes de las pequeñas lagrimas; de los opulentos diamantes que golpean mi cara y mis brazos, que masajean sin la menor delicadeza mis cabellos y van a perderse en mi espalda atreves de mis hombros como un collar de chispas.
II
Esta lluvia es limpia, es tiempo y es vació. Son ilusiones destrozadas. Son tardío roce de tus azules lágrimas.
Miles de dedos fríos que me golpean; que no evito. Pues voy tranquilo recorriendo estas calles húmedas con sus alcantarillas tapadas, con su erupción de agua que inunda la avenida. Y es aquí cuando ya no puede uno protegerse de tanta agua. Uno se ahoga pues se está muy empapado; agua es lo único que se respira.
Ya nadie corre, la calle enmudece de pasos pues ahora se harta de lluvia y de goteos. Pocos son los carros que palpitan en ese instante, que pasan lentos y alteran la marea de la calle inundada, pues llega hasta mí el leve oleaje del agua gris que irrumpe las aceras, que me roza los zapatos y se desvanece entre el agua de la lluvia; entre si misma.
Y yo, lleno de frió deambulo solitario, dándole alegre cara a tanta agua pues no le rechazo; no me intimida. Le extiendo los brazos esperando que bese mi rostro. Pero abro mis ojos y es ahí cuando me doy cuenta que todo está en calma, que la lluvia ha pasado; las nubes se alejan y solo queda el sonido de las últimas gotas suspendidas de los techos esperando morir, de las gotas que se resguardan todas juntas en los arboles, llenas de miedo pues la madre nube ya se marcha, se aleja triunfante con el viento y nos deja un velo helado que cubre las casas y las calles. Un velo húmedo y tranquilo que me deja perdido, que me cubre de tristeza, que me deja llorando.
Esta lluvia es limpia, es tiempo y es vació.
Son ilusiones destrozadas.
Son tardío roce de tus azules lágrimas.
El castigo sin venganza,
Lope de Vega.
Escojo varios muecas, precisas mascaras. Ornamentas pútridas que me llevo a la cara intentando esconder que no tengo rostro propio. Que me faltan ojos que no reflejen lastima; manos que sujeten mas que un maldito y gastado rezo pronunciado en los sótanos terribles del alma.
Siento curiosidad por tus regaños,
ansias de tus gritos.
Saber que con palabras me tratará tu enojo,
de que artes se dará servicio tu ira
para que me duela tu mal,
mi equivocación.

“No soy nada. Nunca seré nada. No puedo querer ser nada. Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.”
— Fernando Pessoa, Tabaquería.
¡Pero por supuesto que mentí! ¡Vamos! Yo no quería tener más tiempo en mi casa a esa trabajadora social o lo que sea que la maldita fuera. Sabía a que iban las preguntas, hacia donde se dirigían y que pretendían resolver; pero yo no la dejaría, no me sometería a ese tedioso proceso de compartir con ella toda la mierda que tengo encima. Aun recuerdo su cara. Me pidió que la dejara pasar para que pudiera conectar la computadora que llevaba consigo y por la cual ella había firmado una responsiva por si algo le pasaba, una vez instalada empezarían las preguntas. Fue muy amable eso no lo discuto. Me contó un poco de ella: que vivía cerca de la ciudad, que no le gustaba el vecindario y que se sentía algo atemorizada por la gente que ahí vivía. Me dio una hoja en la cual se especificaba a que iba todo eso, de que trataban las preguntas, los temas por los que estaba constituido todo el test. También supe que todo ello era parte de un seguimiento sobre la vida de varios jóvenes a los que se les había hecho el mismo test hace ocho años. — ¡Ocho años maldita sea! No recordaba haber pasado por esta mierda hace ocho años—. Y al final de la hoja se me pedía que firmara con lo cual habría dado mi consentimiento para poder empezar. Otra cosa importante es que en cualquier punto de las preguntas yo podía fácilmente evitarlas; podía decir que no quería responder esa mierda y ella estaba obligada a pasar a la siguiente pregunta, eso lo tuve en mente durante el tiempo que el interrogatorio se desenvolvía.
Empezó preguntándome si fumaba, dije que sí. —Me hubiera gustado poder fumar en ese instante, incluso ahora quisiera tener un estúpido cigarro conmigo—. Preguntó desde hace cuanto lo hacía, si lo hacía seguido, si por periodos prolongados yo seguía fumando. Si había decido dejarlo y en algún punto no había podido soportar la necesidad de un cigarro, o si el fumar me hubiera causado algún problema mayor tanto de salud como con mi familia. Evite todo, evadía de a poco lo que me lanzaba. “No” —decía yo—, “Poco.” Hacía tres años que había empezado a fumar y yo dije que apenas el año pasado.
Después pasamos a la parte más divertida: lo emocional. Esa estúpida palabra, ese idiota intento por saber si estaba deprimido, si tenía periodos prolongados en que me sintiera triste, desanimado; y de nuevo respondía de forma negativa y desapegada. ”Nada de eso —respondía— quizás he estado triste pero deprimido, ni lo piense.” Yo no quería profundizar, sabía que a cada respuesta con un maldito “Si”, esto desencadenaría mas preguntas, mas indagatorias; mas querer cavar en mi, intentar conocerme, intentar ayudarme; que aburrido. Ni siquiera yo tengo tiempo para eso y no eran ni siquiera medio día y ella estaría a punto de darme números, direcciones, personas con las quien pudiera hablar; profesionales en la materia. Desasosiego. —Claro que me siento así, me gusta, he cultivado dulcemente esta melancolía, este vacío a lo largo de todos estos años y tanta paciencia se vio recompensada; eso es lo que tengo, no se atreva a quitármelo—. Hubo una pregunta, la cual se refería, si alguna vez me había sentido con miedo, si había tenido un episodio en que me sintiera desesperado o intranquilo y que esto hubiera durado, yo respondí que sí. No sé porque no evadí esta pegunta. Fue de las primeras y no sentí la necesidad de ocultarme, solo dije que sí.
Las preguntas seguían, ella tecleaba con fuerza en su computadora, mientras yo seguía con mis “No”, “no” y “no”. Movía un poco la cabeza, la miraba, decía no una vez más. Siguiente pregunta: no. Siguiente pregunta: regular. Siguiente pregunta: no. Y de esta forma una hora transcurrió. Ella me decía que estaba sano, yo por dentro no paraba de reír. Pero al mismo tiempo, algo en mi interior estaba intranquilo; lo que había leído, las preguntas me revelaban situación extremas de gente que en episodios de depresión se había herido arrojándose ácido en la cara; yo me reí. Por dentro los veía destruidos en el suelo, con la cara deformada, quizás con su humeante piel aun cayéndose de la cara de esos estúpidos agonizando, con gritos perfectamente entendibles saliendo de su boca, de sus labios que se queman y se caen dejando solo una blanca dentadura, la más perfecta sonrisa para recibir a la muerte. Y yo los imaginaba, en mi mente yo era el cómplice de su suicidio, y hasta pude haber sido yo el asesino pues los dejaba morir. Me reía y los dejaba morir. Y yo no moría, yo prefería el dolor quedo, la sonrisa marchita, mi alma perdida con todo un catalogo en crecimiento de palabras indiferentes, de vacíos profundos, de conversaciones monótonas, de quiéreme un poco. Había practicado toda mi vida, ¿Por qué dejarlo ahora?
En las preguntas siguientes no tuve la necesidad de mentir, por lo tanto la segunda mitad de ese test fue aburrido. Ella me decía que se alegraba de que me hubiera ido tan bien. Yo no lo entendía, ¿De qué manera pudo haberme ido bien? ¿Por qué el que yo haya respondido de la forma en que lo hice me deja exento a no perder el control en el momento que se vaya? A que en un trágico y fugaz instante yo detonara, tomara cualquier cosa y golpeara a alguien o a mí mismo. No lo entendida y ella ya me agradecía por mi tiempo, me daba la mano y me dejaba un folleto por posibles dudas, me preguntaba ni número y una referencia para una necesaria localización posterior. Le di mi numero telefónico me pidió el de alguien mas pero no accedí y ella entendió, estaba obligada a hacerlo. Guardó sus cosas, sus papeles, su computadora y su paciencia; todo fue directo a su mochila que cerró con rapidez pues su jefe ya la esperaba fuera de mi casa para poder acompañarla durante el resto del camino hacia las casas que le faltaban, hacia nuevas preguntas con mucha gente mas divertida divertida. Yo no soy especial, todo lo que aquí se relata no tiene la menor importancia, no soy único por mentir en estas preguntas, no me siento ni mejor ni peor, me encuentro igual que antes, igual de hastiado y perdido, con la misma indiferencia, con el mismo insulso patetismo con el que empecé a escribir; y justamente eso es y de esa forma quiero que se recuerde y se lea, como algo patético.