Cielo raso.

I

L. había ya cuestionado antes lo inútil que era. Se paseaba de ida y vuelta entre su cama y la ventana ideando nuevas formas de ocasionarse problemas, casi todas destinadas a mantenerlas en secreto. Había visto cosas; había escuchado atento las voces de ayuda que en ocasiones una que otra persona dirigía hacia él. Sabía que lo peor había sido construir promesas. Sabía lo delicado y fácil que era poder corresponder los suplicios de la gente desesperada con unas cuantas líneas animosas provenientes de ninguna parte y dirigidas hacia ningún lugar. Y era de esta forma como tontamente creía haber ayudado a alguien. Pero el jamás había pensado que tendría que dar algo a cambio en algún momento, o quizás lo sabía y no le importaba. No lo conocía  lo suficiente como para saber que tanto le importaban las personas con las que hablaba y pasaba buena parte del día. Lo había visto reír, reír muy fuerte. Y lo había visto llorar, tan profunda y lastimosamente que había terminado odiándolo. Pero no me importaba lo suficiente para preocuparme por él. Ante todo sabía que era falso, que mentía constantemente. Y lo hacía tan bien, tan deliberadamente y tan fácil que no pude llegar a hacer que confesara lo que en verdad pensaba. Sus ojos me miraban, y al igual que sus labios nada me decían. Mis brazos sobre él no lo inmutaban, se veía tan patético intentando hacerse el fuerte; el que no le importaba. Incluso había mordido su hombro. Comencé suave, como jugando —a él solo le gusta jugar— y había continuando hasta que mis dientes se clavaron con más odio que inquietud. La ira que buscaba una respuesta y el temor por dañarlo en verdad, se mezclaba inesperadamente en una especie de sueño pasajero, rápido y frío. Pero ni el calor de mis brazos ni la saliva de mis labios habían conseguido animarlo un poco, seguía sin ganar nada.

Ante mi tenia al espectro vacilante de cualquier sueño errado. Sobre nosotros se erguía la pesada y cálida mancha de los ilusionados.

II

Pero habíamos caminado juntos y tomados de la mano. Como siguiendo al sol acompañábamos a la tarde en el bamboleo de las horas y la rutina. Nos perdíamos uno dentro de la conversación del otro. Miraba atento tus ojos y encontraba en ellos el reflejo de los míos idiotas, segados, superpuestos a la verdad.

Los decorados cambiaban; sabanas, concreto, cielo raso. Ya ninguno olvidaría la intromisión de la luz en nuestro apartamento barato de la calle Jardín. La habitación pequeña color hueso que nos envolvía y confundía cada que nos relegábamos a la cama con toda su comodidad impregnada de sudor. No había espacio para nada más.

La cama muy a la esquina en el lado izquierdo del cuarto, justo frente a la puerta. Nos bastaba entrar y ya tumbarnos uno encima del otro. Junto a nosotros un viejo buro azul decorado inútilmente con figuritas de barro, pequeños cofres de madera aferrándose a un corazón de papelitos y monedas. El cenicero a veces lleno, a veces desbordando la ceniza de la noche y de la mañana siguiente. Y nuestro ropero con su desorden pronunciado intentando ocultarse tras unas puertas bien cerradas.

No importaba que me recitaras a diario tu ensayada palabrería de ladrón primerizo. Yo te escuchaba y te envolvía. Solía decirte lo que ya sabias. Solía gritar. Y ninguno había estado jamás más cómodo con eso. Uno y dos vivíamos atentos a que subiera la marea y que nos bañara ya sea el sudor de la cama o la fatiga de la pelea; nuestra discusión tan necesaria. Para ceder faltaba tiempo. Entender la culpa y aceptar el error tomaba demasiado de nosotros y preferíamos darle vuelta como siempre. Nos negamos todo. Las mentiras, los reproches; pero jamás los besos. Eso siempre estaría ahí, a la vuelta de cada mirada. A la vuelta del recuerdo punzante de nuestras fallas. Y no faltaba que dijeras:

—Suelo ser más tonto—.

— ¿Y eso debería ser un consuelo para mí? —.

Gritando, siempre gritando.

—Luis Aguiñaga.

Me quema el punzante recuerdo de mis fallas.

"…”yo” no es más que un símbolo cómodo para alguien que no existe realmente."

Un cuarto propio,

Virginia Woolf.

Hoy.

No podré olvidar aquella frase. Yo me encontraba en el callejón Condesa, entre Cinco de Mayo y Tacuba, aprovechando el tiempo que me sobraba de la tarde para inspeccionar libros y libros aglomerados en las diferentes mesas. 

Mochila al hombro, con un oído abrazado por mi audífono y el otro libre para estar alerta del típico y cultural bullicio musical que el Centro Histórico ofrece. Seguía lento y ya me posicionaba a mitad de la siguiente mesa repleta de papeles, con sus portadas viejas y sus autores tan frescos como siempre. Fue ahí cuando el vendedor de la mesa que yo había dejado atrás se separo de su trinchera y avanzó algunos pasos hasta dar con otro compañero de trabajo; otro tratante de libros amigo suyo. 

La platica que prosiguió entre ellos me es ajena y lejana (la ignoro por completo). Pero de su unión y sus risas el que había llamado al otro terminaba la conversación haciendo nacer con una voz única, con una entonación tan peculiar y característica que puedo recordarla aun ahora, aun horas pasadas desde ese momento las siguientes palabras: 

"Pues como decía Walt Withman — Si, me contradigo. ¿Y Qué? —"

La tristeza me invadió al saber cuanto he postergado la lectura de Withman. Al saber cuanto he postergado todo.

Yo.

Medio bostezo, después uno completo; y ahora el sueño es el que regresa, el que por fin me extraña y me besa los ojos; el que quiere callarme pues está harto de mí, me quiere dormido y tranquilo, me quiere perdido entre movimientos leves, entre batir las sabanas, entre soñar contigo.

Fango

Me levanté de mi cama ya equivocado, con un error en la mente, con el errar como acción. Mi primer error fue creer que podría sobrellevar el día, que podría superarlo acumulando cierta cantidad de horas, cierta cantidad de las mismas molestias rutinarias sin darles la importancia de las semanas pasadas. Que podría de alguna manera hacer que todo fuera más rápido, que el sol se apresurara a ocultarse, que se acelerara el olvido; o que me apresurara yo en todo caso a cumplir mis obligaciones para poder regresar pronto a mi casa —aun no ponía el segundo pie sobre el suelo y ya quería regresar, quería arrancarme con mis propias manos de la pesadilla de la convivencia, de la estúpida conversación que nada revela, de la indiferencia enmascarada de la forma más atroz con una condescendencia que de por si se huele patética, que se sabe perdida ante los ojos de alguien a quien no le importa en lo mas mínimo el saberse querido o apreciado. Pero ahí me encontraba yo, ya caminando —aunque no despierto del todo— para alistarme, para cubrirme de ropas y escoger una bonita mascara, un perfecto antifaz para evitar las preguntas y el acoso de los demás por saber lo que hice con mi fin de semana; por saber de qué forma lo desperdicie —si me lancé al libertinaje, a las calles en busca de alcohol como vicio o de unos labios como consuelo—, para calmar su morbo de saberse más productivos que yo.

Pero la verdad es que me gusta desperdiciar mi tiempo y lo hago con devoción; me gusta malgastarlo, prostituirlo escribiendo o pensando. Escribiendo pequeñas porquerías como esta que ahora plasmo para liberarme, para depurarme de cierta carga que como un pedazo de fango negro y pesado se va alojando dentro de mí desde hace tiempo. No puedo verlo pero puedo sentirlo, también puedo escucharlo pero él a mi no me escucha  y por eso ya no le hablo;  ya no intento negociar con él o hacer un pacto como esperando que ceda a dejarme tener un poco de sosiego. Pero igual ya no tengo que ofrecerle, ya no se que quiera pues tampoco me lo dice.

Y entre tanta decadencia, entre tanta indiferencia y horas perdidas también me divierto jugando —y esto también es un vicio—, pues juego al valiente y me engaño pensando que no te necesito, que no me haces falta; que soy lo suficientemente fuerte como para dejarme tentar por tus ojos, por tu sonrisa. Pero todo es un errar de nuevo; todo es horas consumidas, es el sol pasando velozmente quemándome rápido pero lo suficiente. Es otra mascara, soy otro yo.

—Luis Aguiñaga

"No tengo problemas, solamente soy patético."

"¿Es qué acaso vos no sabés el daño que me haces?"

Recuerdo que me divertía cortando con los dedos las líneas de humo que se creaban cuando mi padre fumaba. Ahora, diez años después yo creo mi propio humo  pero no tiene el mismo efecto.

El humo intenta rellenar un vacío; no sé si en la habitación, o en mí, pero se disipa rápidamente, como todo lo demás.

 

Estoy cubierto de mugre, de polvo y de lamentos.

"Nada me salvará de mi mismo."

Esta lluvia es limpia,

es tiempo y es vació.  

Son ilusiones destrozadas.

Son tardío roce

de tus azules lágrimas.

Lluvia.

I

 

Se desata la lluvia, y seguida de las gotas viene el estruendo de las ventanas que se azotan y se cierran. De la gente que se protege y que nada quiere saber sobre tan cautivante aguacero. También yo  ya me he levantado del sillón en que me encuentro y cierro el cristal de mi habitación, escucho las pesadas gotas caer una a una —esporádicas aun— por sobre las laminas. Pero me detengo,  mi mano sobre la ventada, tocando el estoico  vidrio que se torna frió,  que se humedece y se distorsiona por las gotas que se deslizan del otro lado; tierno liquido que se adhieren en el ventanal.

Y mientras más gris se vuelve el día, más fuerte se estrella la lluvia sobre las calles, sobre mi casa y mi ventana. Y sin importar la cristalina barrera,  siento los golpes de las pequeñas lagrimas; de los opulentos diamantes que golpean mi cara y mis brazos, que masajean sin la menor delicadeza mis cabellos y van a perderse en mi espalda atreves de mis hombros como un collar de chispas.

 

 II

 

Esta lluvia es limpia, es tiempo y es vació.  Son ilusiones destrozadas. Son tardío roce de tus azules lágrimas.

Miles de dedos fríos que me golpean; que no evito. Pues voy tranquilo recorriendo estas calles húmedas con sus alcantarillas tapadas, con su erupción de agua que inunda la avenida. Y es aquí cuando ya no puede uno protegerse de tanta agua. Uno se ahoga pues se está muy empapado; agua es lo único que se respira.

Ya nadie corre, la calle enmudece de pasos pues ahora se harta de lluvia y de goteos. Pocos son los carros que palpitan en ese instante, que pasan lentos y alteran la marea de la calle inundada, pues llega hasta mí el leve oleaje del agua gris que irrumpe las aceras, que me roza los zapatos y se desvanece entre el agua de la lluvia; entre si misma.

Y yo, lleno de frió deambulo solitario, dándole alegre cara a tanta agua pues no le rechazo; no me intimida.  Le extiendo los brazos esperando que bese mi rostro. Pero abro mis ojos y es ahí cuando me doy cuenta que todo está en calma, que la lluvia ha pasado; las nubes se alejan y solo queda el sonido de las últimas gotas suspendidas de los techos esperando morir, de las gotas que se resguardan todas juntas en los arboles, llenas de miedo pues la madre nube ya se marcha, se aleja triunfante con el viento y nos deja un velo helado que cubre las casas y las calles. Un velo húmedo y tranquilo que me deja perdido, que me cubre de tristeza, que me deja llorando.

—Luis Aguiñaga

Esta lluvia es limpia, es tiempo y es vació.

Son ilusiones destrozadas.

Son tardío roce de tus azules lágrimas.