El castigo sin venganza,
Lope de Vega.
El castigo sin venganza,
Lope de Vega.
Almas Muertas,
Nikolái Gógol
¡Pero por supuesto que mentí! ¡Vamos! Yo no quería tener más tiempo en mi casa a esa trabajadora social o lo que sea que la maldita fuera. Sabía a que iban las preguntas, hacia donde se dirigían y que pretendían resolver; pero yo no la dejaría, no me sometería a ese tedioso proceso de compartir con ella toda la mierda que tengo encima. Aun recuerdo su cara. Me pidió que la dejara pasar para que pudiera conectar la computadora que llevaba consigo y por la cual ella había firmado una responsiva por si algo le pasaba, una vez instalada empezarían las preguntas. Fue muy amable eso no lo discuto. Me contó un poco de ella: que vivía cerca de la ciudad, que no le gustaba el vecindario y que se sentía algo atemorizada por la gente que ahí vivía. Me dio una hoja en la cual se especificaba a que iba todo eso, de que trataban las preguntas, los temas por los que estaba constituido todo el test. También supe que todo ello era parte de un seguimiento sobre la vida de varios jóvenes a los que se les había hecho el mismo test hace ocho años. — ¡Ocho años maldita sea! No recordaba haber pasado por esta mierda hace ocho años—. Y al final de la hoja se me pedía que firmara con lo cual habría dado mi consentimiento para poder empezar. Otra cosa importante es que en cualquier punto de las preguntas yo podía fácilmente evitarlas; podía decir que no quería responder esa mierda y ella estaba obligada a pasar a la siguiente pregunta, eso lo tuve en mente durante el tiempo que el interrogatorio se desenvolvía.
Empezó preguntándome si fumaba, dije que sí. —Me hubiera gustado poder fumar en ese instante, incluso ahora quisiera tener un estúpido cigarro conmigo—. Preguntó desde hace cuanto lo hacía, si lo hacía seguido, si por periodos prolongados yo seguía fumando. Si había decido dejarlo y en algún punto no había podido soportar la necesidad de un cigarro, o si el fumar me hubiera causado algún problema mayor tanto de salud como con mi familia. Evite todo, evadía de a poco lo que me lanzaba. “No” —decía yo—, “Poco.” Hacía tres años que había empezado a fumar y yo dije que apenas el año pasado.
Después pasamos a la parte más divertida: lo emocional. Esa estúpida palabra, ese idiota intento por saber si estaba deprimido, si tenía periodos prolongados en que me sintiera triste, desanimado; y de nuevo respondía de forma negativa y desapegada. ”Nada de eso —respondía— quizás he estado triste pero deprimido, ni lo piense.” Yo no quería profundizar, sabía que a cada respuesta con un maldito “Si”, esto desencadenaría mas preguntas, mas indagatorias; mas querer cavar en mi, intentar conocerme, intentar ayudarme; que aburrido. Ni siquiera yo tengo tiempo para eso y no eran ni siquiera medio día y ella estaría a punto de darme números, direcciones, personas con las quien pudiera hablar; profesionales en la materia. Desasosiego. —Claro que me siento así, me gusta, he cultivado dulcemente esta melancolía, este vacío a lo largo de todos estos años y tanta paciencia se vio recompensada; eso es lo que tengo, no se atreva a quitármelo—. Hubo una pregunta, la cual se refería, si alguna vez me había sentido con miedo, si había tenido un episodio en que me sintiera desesperado o intranquilo y que esto hubiera durado, yo respondí que sí. No sé porque no evadí esta pegunta. Fue de las primeras y no sentí la necesidad de ocultarme, solo dije que sí.
Las preguntas seguían, ella tecleaba con fuerza en su computadora, mientras yo seguía con mis “No”, “no” y “no”. Movía un poco la cabeza, la miraba, decía no una vez más. Siguiente pregunta: no. Siguiente pregunta: regular. Siguiente pregunta: no. Y de esta forma una hora transcurrió. Ella me decía que estaba sano, yo por dentro no paraba de reír. Pero al mismo tiempo, algo en mi interior estaba intranquilo; lo que había leído, las preguntas me revelaban situación extremas de gente que en episodios de depresión se había herido arrojándose ácido en la cara; yo me reí. Por dentro los veía destruidos en el suelo, con la cara deformada, quizás con su humeante piel aun cayéndose de la cara de esos estúpidos agonizando, con gritos perfectamente entendibles saliendo de su boca, de sus labios que se queman y se caen dejando solo una blanca dentadura, la más perfecta sonrisa para recibir a la muerte. Y yo los imaginaba, en mi mente yo era el cómplice de su suicidio, y hasta pude haber sido yo el asesino pues los dejaba morir. Me reía y los dejaba morir. Y yo no moría, yo prefería el dolor quedo, la sonrisa marchita, mi alma perdida con todo un catalogo en crecimiento de palabras indiferentes, de vacíos profundos, de conversaciones monótonas, de quiéreme un poco. Había practicado toda mi vida, ¿Por qué dejarlo ahora?
En las preguntas siguientes no tuve la necesidad de mentir, por lo tanto la segunda mitad de ese test fue aburrido. Ella me decía que se alegraba de que me hubiera ido tan bien. Yo no lo entendía, ¿De qué manera pudo haberme ido bien? ¿Por qué el que yo haya respondido de la forma en que lo hice me deja exento a no perder el control en el momento que se vaya? A que en un trágico y fugaz instante yo detonara, tomara cualquier cosa y golpeara a alguien o a mí mismo. No lo entendida y ella ya me agradecía por mi tiempo, me daba la mano y me dejaba un folleto por posibles dudas, me preguntaba ni número y una referencia para una necesaria localización posterior. Le di mi numero telefónico me pidió el de alguien mas pero no accedí y ella entendió, estaba obligada a hacerlo. Guardó sus cosas, sus papeles, su computadora y su paciencia; todo fue directo a su mochila que cerró con rapidez pues su jefe ya la esperaba fuera de mi casa para poder acompañarla durante el resto del camino hacia las casas que le faltaban, hacia nuevas preguntas con mucha gente mas divertida divertida. Yo no soy especial, todo lo que aquí se relata no tiene la menor importancia, no soy único por mentir en estas preguntas, no me siento ni mejor ni peor, me encuentro igual que antes, igual de hastiado y perdido, con la misma indiferencia, con el mismo insulso patetismo con el que empecé a escribir; y justamente eso es y de esa forma quiero que se recuerde y se lea, como algo patético.
Te ofrezco mi cuerpo para que lo destroces —para que tus manos me flagelen, para que tu uñas me desgarren—; para que hagas con él lo que quieras.
Te ofrezco mi alma para que la mires y le escupas, para que te burles de ella, para que la sostengas entre tus manos y la subyugues sin arrepentimientos.
Te ofrezco la oportunidad de vengarte, de ser yo el mártir que gozoso aceptara todos tus golpes, todo tu amor.
Te ofrezco la dulce certeza de que estaré ahí, listo para tus mordidas, listo para tu odio, listo para tu amor agrio, para tu corazón con heridas. Listo para qué entro los golpes y la sangre —mi sangre—, mis torpes manos te acaricien, te retengan y te seduzcan a que continúes.
Te ofrezco la necesidad de que continúes con ello, de que te guste lo que haces conmigo pues a mí no me importa. Me importa más que lo hagas, que te desembaraces de tu ira y de tu sufrir. Me importa más que me ames y que me ames con violencia. Que no seamos mero sentimentalismo y me apuñales lento. Que me torture tu cariño, que me mate tu amor. Te ofrezco mi vida si es necesario; pero no la daré por ti pues prefiero que tú me la quites.
El Plan Infinito,
Isabel Allende.
¿Viajar? Para viajar basta con existir. Voy de día en día, como de estación en estación, en el tren de mi cuerpo, o de mi destino, inclinado sobre las calles y la plaza, sobre los gestos y los rostros, siempre iguales y siempre diferentes, como son, al final, los paisajes.
Cuando imagino, viajo. ¿Qué otra cosa hago yo cuando viajo? Sólo la debilidad extrema de la imaginación justifica que uno tenga que trasladarse para poder sentir.
“Cualquier camino, este mismo camino de Entepfuhl, te llevará hasta el fin del mundo.” Pero el fin del mundo, desde que el mundo se consumó dándole la vuelta es el mismo Entepfuhl de donde se partió. La realidad, el fin del mundo, como su principio, es solo nuestro concepto del mundo. Es un nosotros donde los paisajes son paisaje. Por eso, si lo imagino, los creo; si los creo, son; si son, los veo como a los otros. ¿Para qué viajar? En Madrid, en Berlín, en Persia, en China, en los dos Polos, ¿dónde estaria yo sino en mí mismo y en el tipo y género de mis sensaciones?
La vida es lo que hacemos de ella. Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos.
Fernando Pessoa,
Libro del Desasosiego.
No creo mucho en la felicidad de los animales, salvo cuando me apetece hablar de ella para que sirva de marco a un sentimiento que su suposición ponga de relieve. Para ser feliz es preciso saber que se es feliz. No existe felicidad en dormir sin sueños, sino solo en despertarse sabiendo que se durmió sin ellos. La felicidad queda fuera de la felicidad.
No existe felicidad si no es con conocimiento. Pero el conocimiento de la felicidad es infeliz; porque conocerse feliz es conocerse pasando a través de la felicidad y teniendo enseguida que dejarla atrás. Conocer es matar, tanto en la felicidad como en todo lo demás. No conocer, sin embargo, es no existir.
Sólo lo absoluto de Hegel consiguio, en libro, ser dos cosas al mismo tiempo. El no ser y el ser no se funden y confunden en las sensaciones y las razones de la vida: se excluyen, por una síntesis al revés.
¿Qué hacer? Aislar el instante como una cosa y ser feliz ahora, en el momento en que se está sintiendo la felicidad, sin pensar nada mas que en lo que se siente, excluyendo todo lo demas, excluyendo todo. Enjaular el pesnamiento en la sensacion, ….
Este es mi credo esta tarde. Mañana por la mañana ya no será este, porque mañana por la mañana yo seré ya otro. ¿Qué creyente seré mañana yo? No lo sé, porque seria preciso estar allí para saberlo. Ni el Dios eterno en que hoy creo lo sabrá mañana ni lo sabe hoy, porque hoy soy yo y mañana él quizás ya no haya existido nunca.
Fernando Pessoa, Libro del Desasosiego.
Libro del Desasosiego,
Fernando Pessoa.
Me irrita la felicidad de todos estos hombre que no saben que son infelices. Su vida humana está llena de todo aquello que constituiría una serie de angustias para una verdadera sensibilidad. Pero, como su verdadera vida es vegetativa, lo que sufren pasa a través de ellos sin rozarles el alma, y viven una vida que sólo puede compararse a la de un hombre con dolor de muelas que hubiese recibido una fortuna -la autentica fortuna de estar viviendo sin darle importancia, el mayor don que los dioses conceden, porque es el don de hacerlo semejante a ellos, superior como ellos (aunque de otra manera) a la alegría y al dolor.
Por eso, a pesar de todo, los amos a todo. ¡Queridos vegetales míos!
"Libro del Desasosiego,
Fernando Pessoa.