No podemos amarnos, hijo mío. El amor es la mas carnal de las ilusiones. Escucha: amar es poseer. ¿Y qué posee quien ama? ¿El cuerpo? Para poseerlo seria necesario hacer nuestra su materia, comerlo, incluirlo en nosotros… Y esa imposibilidad seria temporal, porque nuestro propio cuerpo pasa y se trasforma, porque nosotros no poseemos nuestro cuerpo (poseemos únicamente nuestras sensación de él), y porque, una vez poseído ese cuerpo armado, se tornaría nuestro, dejaría de ser otro, y el amor, por eso, con la desaparición del otro ser, desaparecería…
¿Poseemos alma? Escúchame en silencio: Nosotros no la poseemos. Ni nuestra alma es tan siquiera nuestra. Por lo demás, ¿como poseer un alma? Entre alma y alma se abre el abismo de ser almas.
¿Qué poseemos? ¿Qué es lo que poseemos? ¿Qué es lo que nos lleva a amar? ¿La belleza? ¿Y amando podemos poseerla? La más feroz y dominadora posesión de un cuerpo, ¿qué es lo que llega a poseer de él? No el cuerpo, ni el alma, ni siquiera la belleza. La posesión de un cuerpo hermoso no abraza la belleza, abraza la carne celular y grasienta; el beso no roza la belleza de la boca, sino la carne húmeda de los labios mortales y sus mucosas; la propia cópula no pasa de un contacto, un contacto restregado y próximo, pero no una penetración real, ni siquiera de un cuerpo en otro… ¿Qué es lo que nosotros poseemos? ¿Qué es lo que poseemos?
¿Nuestras sensaciones, por lo menos? ¿Es al menos el amor un medio de poseernos a nosotros mismos en nuestras sensaciones? ¿es al menos un modo de soñar nítidamente, y por ello más gloriosamente, el sueño de existir? y, por lo menos, desaparecida la sensación, queda su recuerdo con nosotros para siempre y así, verdaderamente, la poseemos…
Hasta de eso hemos de desengañarnos. Nosotros no poseemos ni siquiera nuestras sensaciones. No hables. La memoria, al final, es la sensación del pasado…. Y toda sensación es una ilusión.
Fernando Pessoa, Libro del Desasosiego.
Libro del Desasosiego,
Fernando Pessoa.
Matar el sueño es matarnos. Es mutilar nuestra alma. El sueño es lo que tenemos de realmente nuestro, de impenetrable e inexpugnablemente nuestro.
El universo, la Vida -sea lo que sea eso, realidad o ilusión- es de todos, todos pueden ver lo que veo y poseer lo que poseo -o, al menos pueden imaginarse viéndolo y poseyéndolo y eso es …
Pero lo que yo sueño nadie puede verlo salvo yo mismo, nadie que no sea yo puede poseerlo. Y si mi visión del mundo exterior difiere de la de los demás, es porque desde mi sueño yo pongo en verlo, sin querer, aquello que de mi sueños prende a mis ojos y oídos.
"Libro del Desasosiego,
Fernando Pessoa.
Libro del Desasosiego,
Fernando Pessoa.
Recuerdo mirarla. Ella dormía ligeramente y yo la veía dormir, veía sus labios, veía sus ojos, su frente y la forma en que esta reaccionaba ante el calor que entraba por la ventada. Me gustaba el color de su cabello, único en todo ese vagón. Me gustaba su dormir y creo que me gustaba ella. Sus pequeñas mejillas me atraían pero ella no lo sabía, dormitaba conforme nuestro tren avanzaba a su destino, poco a poco se acercaba el momento de decirle adiós sin siquiera conocerla. La veía, pero ella no me miraba, y si lo hiciera yo no sería feliz, porque sabría que solo había dirigido sus ojos a un punto al azar y no hacia mí. La veía entreabrir sus ojos para saber si el viaje había terminado. Los cerraba y los abría lentamente, cada vez internándose más en su sueño. A veces me veía y yo apartaba la mirada de ella. No quería que supiera que la amaba.
No sabía su nombre ni nada sobre ella, solo conocía sus pequeñas manos que se apoyaban sobre la bolsa que cargaba, no conocia su sonrisa ya que dormía, pero conocía sus labios que se contraían en cada exhalación de su ser. No conocía lo que pensaba, pero sabía que soñaba. Y yo soñaba de pie, parado frente a ella, soñaba que me amaba. Imaginaba que al momento de llegar el tren a su destino ella se daría cuenta sin tener que abrir mucho sus ojos, se levantaría sin titubear pero con la paciencia suficiente para dejar salir del tren a todos los demás, incluso a mí.
Y así, después de lo que fueron horas en mi mente contemplando a mi primer amor de ese día el tren llego hasta donde tenía que llegar, hasta el final de mi fantasía, la muerte del amor que llegaría con el abrir de las puertas de nuestro transporte. Ella seguía dormida y yo me aferraba a cada instante antes de tener que apartar mis ojos de ella. Pero lo haría, tenía que dejar ese momento morir, tenía que deshacerme de su recuerdo y olvidarme de que la ame durante el tiempo que duro nuestro viaje, porque era el único momento donde la amaría. Yo la amaba por como dormía, y ella a mi porque no estaba en su sueño.
-Luis Aguiñaga
Aquel niño había tenido miedo muchas veces, siempre frente al mar lanzando deseos con cada ola y los pies sumergidos en la arena. La gente caminaba y se perdía detrás de él con forme pasaba el tiempo, y sin embargo las olas parecían ser las mismas. Quizás no atrapaban sus deseos, quizás se ahogaban en el oscuro fondo del mar. El horizonte que tenía frente a sus ojos se confundía con el cielo, un cielo sin nubes y con un sol poderoso que bañaba todo lo que veía.
Un sol que no calienta, una luz que no produce claridad, porque desde lo profundo de un alma cautiva es difícil suponer que lo que se ve coincide con lo que se siente. Es ahora cuando intento diferenciar sin éxito si sueño, si me encuentro sumergido en un mar de niebla viendo a un niño que arroja deseos a un mar de falsa sal.
Observo a aquel chiquillo desde una distancia segura, no quiero desperdiciar su tiempo con mis lamentos. No quiero acércame, no quiero conocerlo. No quiero darme cuenta, al hablarle, que ese niño soy yo. No quiero que descubra que los deseos que lanza se ahogan uno a uno. No quiero que averigüe que ha arrojado a su propia muerte partes de su alma. No sabe que nos está matando con cada ola.
Me acerco a él, me pongo a su lado y entierro mis pies en la arena. No le hablo y espero que no me vea. Meto la mano en mis bolsillos que están llenos de una arena infinita. Siento, o creo sentir, el viendo chocando contra mi cara, las falsas olas que se baten en espera de recuerdos. La arena que tomo con mis manos es esperanza y desasosiego. La saco de mis bolsillos y la arrojo al mar. Ayudare a ese niño a seguir vivo.
-Luis Aguiñaga.
Libro del Desasosiego
Fernando Pessoa