Lluvia.

I

 

Se desata la lluvia, y seguida de las gotas viene el estruendo de las ventanas que se azotan y se cierran. De la gente que se protege y que nada quiere saber sobre tan cautivante aguacero. También yo  ya me he levantado del sillón en que me encuentro y cierro el cristal de mi habitación, escucho las pesadas gotas caer una a una —esporádicas aun— por sobre las laminas. Pero me detengo,  mi mano sobre la ventada, tocando el estoico  vidrio que se torna frió,  que se humedece y se distorsiona por las gotas que se deslizan del otro lado; tierno liquido que se adhieren en el ventanal.

Y mientras más gris se vuelve el día, más fuerte se estrella la lluvia sobre las calles, sobre mi casa y mi ventana. Y sin importar la cristalina barrera,  siento los golpes de las pequeñas lagrimas; de los opulentos diamantes que golpean mi cara y mis brazos, que masajean sin la menor delicadeza mis cabellos y van a perderse en mi espalda atreves de mis hombros como un collar de chispas.

 

 II

 

Esta lluvia es limpia, es tiempo y es vació.  Son ilusiones destrozadas. Son tardío roce de tus azules lágrimas.

Miles de dedos fríos que me golpean; que no evito. Pues voy tranquilo recorriendo estas calles húmedas con sus alcantarillas tapadas, con su erupción de agua que inunda la avenida. Y es aquí cuando ya no puede uno protegerse de tanta agua. Uno se ahoga pues se está muy empapado; agua es lo único que se respira.

Ya nadie corre, la calle enmudece de pasos pues ahora se harta de lluvia y de goteos. Pocos son los carros que palpitan en ese instante, que pasan lentos y alteran la marea de la calle inundada, pues llega hasta mí el leve oleaje del agua gris que irrumpe las aceras, que me roza los zapatos y se desvanece entre el agua de la lluvia; entre si misma.

Y yo, lleno de frió deambulo solitario, dándole alegre cara a tanta agua pues no le rechazo; no me intimida.  Le extiendo los brazos esperando que bese mi rostro. Pero abro mis ojos y es ahí cuando me doy cuenta que todo está en calma, que la lluvia ha pasado; las nubes se alejan y solo queda el sonido de las últimas gotas suspendidas de los techos esperando morir, de las gotas que se resguardan todas juntas en los arboles, llenas de miedo pues la madre nube ya se marcha, se aleja triunfante con el viento y nos deja un velo helado que cubre las casas y las calles. Un velo húmedo y tranquilo que me deja perdido, que me cubre de tristeza, que me deja llorando.

—Luis Aguiñaga

Esta lluvia es limpia, es tiempo y es vació.

Son ilusiones destrozadas.

Son tardío roce de tus azules lágrimas.

"Tu: esa rayuela sin cielo."

Escojo varios muecas, precisas mascaras. Ornamentas pútridas que me llevo a la cara intentando esconder que no tengo rostro propio. Que me faltan ojos que no reflejen lastima; manos que sujeten mas que un maldito y gastado rezo pronunciado en los sótanos terribles del alma.

"Y te diré pequeñas cosas; pequeños suspiros que se consagrarán como verdaderas palabras para decirte que me importas."

Seguimiento.

¡Pero por supuesto que mentí! ¡Vamos! Yo no quería tener más tiempo en mi casa a esa trabajadora social o lo que sea que la maldita fuera. Sabía a qué iban las preguntas, hacia donde se dirigían y que pretendían resolver; pero yo no la dejaría, no me sometería a ese tedioso proceso de compartir con ella toda la mierda que tengo encima. Aun recuerdo su cara. Me pidió que la dejara pasar para que pudiera conectar la computadora que llevaba consigo y por la cual ella había firmado una responsiva por si algo le pasaba, una vez instalada empezarían las preguntas. Fue muy amable eso no lo discuto. Me contó un poco de ella: que vivía cerca de la ciudad, que no le gustaba el vecindario y que se sentía algo atemorizada por la gente que ahí vivía.  Me dio una hoja en la cual se especificaba a que iba todo eso, de que trataban las preguntas, los temas por los que estaba constituido todo el test. También supe que todo ello era parte de un seguimiento sobre la vida de varios jóvenes a los que se les había hecho el mismo test hace ocho años. — ¡Ocho años maldita sea! No recordaba haber pasado por esta mierda hace ocho años—. Y al final de la hoja se me pedía que firmara con lo cual habría dado mi consentimiento para poder empezar. Otra cosa importante es que en cualquier punto de las preguntas yo podía fácilmente evitarlas; podía decir que no quería responder esa mierda y ella estaba obligada a pasar a la siguiente pregunta, eso lo tuve en mente durante el tiempo que el interrogatorio se desenvolvía.

Empezó preguntándome si fumaba, dije que sí. —Me hubiera gustado poder fumar en ese instante, incluso ahora quisiera tener un estúpido cigarro conmigo—. Preguntó desde hace cuanto lo hacía, si lo hacía seguido, si por periodos prolongados yo seguía fumando. Si había decido dejarlo y en algún punto no había podido soportar la necesidad de un cigarro, o si el fumar me hubiera causado algún problema mayor tanto de salud como con mi familia. Evite todo, evadía de a poco lo que me lanzaba. “No” —decía yo—, “Poco.” Hacía tres años que había empezado a fumar y yo dije que apenas el año pasado.

Después pasamos a la parte más divertida: lo emocional. Esa estúpida palabra, ese idiota intento por saber si estaba deprimido, si tenía periodos prolongados en que me sintiera triste, desanimado; y de nuevo respondía de forma negativa y desapegada. ”Nada de eso —respondía— quizás he estado triste pero deprimido, ni lo piense.” Yo no quería profundizar, sabía que a cada respuesta con un maldito “Si”, esto desencadenaría mas preguntas, mas indagatorias; mas querer cavar en mi, intentar conocerme, intentar ayudarme; que aburrido. Ni siquiera yo tengo tiempo para eso y no eran ni siquiera medio día y ella estaría a punto de darme números, direcciones, personas con las quien pudiera hablar; profesionales en la materia.  Desasosiego. —Claro que me siento así, me gusta, he cultivado dulcemente esta melancolía, este vacío a lo largo de todos estos años y tanta paciencia se vio recompensada; eso es lo que tengo, no se atreva a quitármelo—. Hubo una pregunta, la cual se refería, si alguna vez me había sentido con miedo, si había tenido un episodio en que me sintiera desesperado o intranquilo y que esto hubiera durado, yo respondí que sí. No sé porque no evadí esta pegunta. Fue de las primeras y no sentí la necesidad de ocultarme, solo dije que sí.

Las preguntas seguían, ella tecleaba con fuerza en su computadora, mientras yo seguía con mis  “No”, “no” y “no”. Movía un poco la cabeza, la miraba, decía no una vez más. Siguiente pregunta: no. Siguiente pregunta: regular. Siguiente pregunta: no. Y de esta forma una hora transcurrió. Ella me decía que estaba sano, yo por dentro no paraba de reír. Pero al mismo tiempo, algo en mi interior estaba intranquilo; lo que había leído, las preguntas me revelaban situación extremas de gente que en episodios de depresión se había herido arrojándose ácido en la cara; yo me reí. Por dentro los veía destruidos en el suelo, con la cara deformada, quizás con su humeante piel aun cayéndose de la cara de esos estúpidos  agonizando, con gritos perfectamente entendibles saliendo de su boca, de sus labios que se queman y se caen dejando solo una blanca dentadura, la más perfecta sonrisa para recibir a la muerte. Y yo los imaginaba, en mi mente yo era el cómplice de su suicidio, y hasta pude haber sido yo el asesino pues los dejaba morir. Me reía y los dejaba morir. Y yo no moría,  yo prefería el dolor quedo, la sonrisa marchita, mi alma perdida con todo un catalogo en crecimiento de palabras indiferentes, de vacíos profundos, de conversaciones monótonas, de quiéreme un poco. Había practicado toda mi vida, ¿Por qué dejarlo ahora?

En las preguntas siguientes no tuve la necesidad de mentir, por lo tanto la segunda mitad de ese test fue aburrido. Ella me decía que se alegraba de que me hubiera ido tan bien. Yo no lo entendía, ¿De qué manera pudo haberme ido bien? ¿Por qué el que yo haya respondido de la forma en que lo hice me deja exento a no perder el control en el momento que se vaya? A que en un trágico y fugaz instante yo detonara, tomara cualquier cosa y golpeara a alguien o a mí mismo. No lo entendida y ella ya me agradecía por mi tiempo, me daba la mano y me dejaba un folleto por posibles dudas, me preguntaba ni número y una referencia para una necesaria localización posterior. Le di mi número telefónico  me pidió el de alguien mas pero no accedí y ella entendió, estaba obligada a hacerlo. Guardó sus cosas, sus papeles, su computadora y su paciencia; todo fue directo a su mochila que cerró con rapidez pues su jefe ya la esperaba fuera de mi casa para poder acompañarla durante el resto del camino hacia las casas que le faltaban, hacia nuevas preguntas con mucha gente más divertida. Yo no soy especial, todo lo que aquí se relata no tiene la menor importancia, no soy único por mentir en estas preguntas, no me siento ni mejor ni peor, me encuentro igual que antes, igual de hastiado y perdido, con la misma indiferencia, con el mismo insulso patetismo con el que empecé a escribir; y justamente eso es y de esa forma quiero que se recuerde y se lea, como algo patético. 

—Luis Aguiñaga.

Pues era un idiota al quererla, al soñarla, al amarla. Pero no la amaba, muy en el fondo sabía —o creía saber— que jamás estaríamos juntos. Era la lástima. Tenia lastima de ella, de su vida, de sus dolores. Y esa misma lastima me llevo a querer protegerla, a querer abrazarla y que se detuviera el mundo en ese instante; que nos conserváramos en un ámbar onírico. Que no muriera jamás ese momento, pues sabía que sería el único en que podría tenerla. Pero era un tonto, era todo lo que ella no había tenido y también todo lo que ella no necesitaba. Pues era un soñador, y lo peor de todo es que era falso, pues ni siquiera yo creía en lo que soñaba.

Y de esa forma, con resignación dejamos morir aquel instante —aquella vida, aquellos pactos no planteados, aquel contrato con la mirada— sabiendo que era único, irremplazable. Nos arrojamos al olvido y continuamos viviendo de la única torpe forma que sabíamos. Pero sabíamos tan poco, como todos los que olvidan.

Ámbar.

Bostezo.

Dieron las tres de la mañana un punto cuando despertó.  Abrumado y perdido, extrañando lo poco que podía recordar del anterior sueño que rápido se escapaba entre el frío de esa noche de marzo, entre las sabanas revueltas, entre la ropa de dormir que muy amablemente había soportado al desgaste de un cuerpo que no se mantiene quieto en ningún punto de la noche, que se mueve, que se estira; que está al borde de la cama en el perfecto goce de caer por completo hacia el suelo, hacia el abismo que el último instante onírico generará en su cabeza. Un cuerpo que regresa de las orillas del mundo, del mundo sueño, del mundo cama tranquila y sabanas verdes. Pequeño espacio, vasto terreno de posiciones por describir. Movimientos quedos, respirar profundo entre la noche, entre el olvido o lo que sea que aguarde tras la ventana cerrada y afuera la calle.

Diez minutos han pasado entre recobrar el aliento, sentir su cuerpo, sentir la cama; darse cuenta ya que los ojos se han adaptado a la oscuridad de ese cuarto, y solo a la de ese cuarto pues en cualquier otro lugar no sería más que un ciego primerizo, temeroso de lo negro que sus ojos perciben y que sus manos no tocan, horror tan grande ese de no poder ver lo que hay entre los brazos. Arrojarlos inútilmente hacia enfrente para buscar un soporte, un salvavidas en ese extraño mar de sombras heladas, de glacial vació entre mano y mano. Pero esta vez pudiendo ver el fin de las paredes se puede despertar tranquilo, mas resignado que contento de despertar en el mismo lugar en que se durmió.

Y se deseará seguir durmiendo, se deseará no controlar lo que se imagina, pues en este momento lejos del cansancio, de la pesadez de los parpados y de los ojos cerrados, se es culpable directo de todo lo que se recuerda, de todo lo que se piensa. Y si piensa en ella será su culpa; si recuerda sus mirada será su culpa y la de sus ojos; si recuerda sus labios será su culpa y la del deseo; si recuerda su risa será su culpa y la de sus oídos condenados a la voz más bella y a la que jamás se sabrá que responder. Y si se recuerda su tacto será su culpa y la de sus manos que no la retuvieron, la de sus brazos que en ese momento también se lanzaron al vació  Si recuerda su enojo será su culpa por no saber pelear, por no querer ceder. Y si no se recuerda nada mas será peor, pues nada más se tiene, ni la imagen ni las voces ni el intento.

Y se consume media hora, entre bostezos y recuerdos, entre saberse culpable por no querer dormir, por no querer soñar; pues se sabe que se ha soñado mucho, que se ha jugado con la vida, que se ha apostado poco esperando ganar todo. Se busca entre la semana en la que se existe el día más próximo para liberarse, para divertirse, y por fortuna se encuentra pronto. No se había visto tan urgente la necesidad de un sábado. Un sábado para salir, para ahora irse lejos de donde se vive, para perderse en alcohol seguramente. Desde la cama se imagina ya el humo del cigarro, las botellas apiladas de una en una antes de empezar la ceremonia del olvido, del todos muy felices y salud. Tomar sin importancia el whisky más cercano y empezar a verterlo en un vaso genérico. Ya lo deseo, ya quiero ese trago amargo que se suspende en la boca, que se saborea y se desliza fatalmente por la garganta; no hubo mejor compañía en mucho tiempo que ese beso, ese amargo beso de alcohol que muerde la garganta, que te hace compañía. Y los vasos no se detienen; no lo hacen en mi mente y no lo harán ese día.

Después el humo, el cigarro con su pronta flama que se enciende benevolente, que se acerca al tabaco para que  los labios entran en acción y de nuevo un beso, pero ahora con la nicotina. Y se inhala lento, y se roba la flama; nos apoderamos del fuego por un momento, nos olvidamos de Prometeo pues nadie nos condena, pues todos fuman. Cada uno sumergido a su manera, acercan su mano, acarician el pequeño cilindro blanco que se calcina para traer al siguiente. Ya no nos damos cuenta que sostenemos cenizas, y la queremos y la extrañamos en el momento en que por fin ha muerto y no hay otra que tome su lugar. No hay cajetilla, no hay mano salvadora que se dirija hacia algún bolsillo de pantalón o gabardina, que nos ofrezca de nuevo otro pequeño gusano de humo; animal aprisionado que se pierde entre hilos, entre cada respiro, entre cada sentir frió.  Entre cada que se siente que hacen falta de nuevo unos labios, que hace falta un beso.

Pero se tiene que regresar, se recuerda que se sigue atado a la cama y que no han pasado más de cuarenta minutos desde que el calor lo despertó. O quizás fue la necesidad de pensar en todo esto, de pensar en ti; de sentir que vale la pena y escribirlo. Todo se arreglará pronto, la cama, las sabanas y hasta el sueño volverá pero tú no lo harás. Volverá la necesidad de beber o de fumar pero tú no volverás. Tu estarás tan lejos, tan no te necesito, tan valiente de no verte, tan me haces mucho daño y por eso no te pienso, no me aterra la noche, no me duele la cama con su espacio vació. Tan débil que no te olvido, tan cruel que no te dejo ir; medio masoquista, medio insensato.

Medio bostezo, después uno completo; y ahora el sueño es el que regresa, el que por fin me extraña y me besa los ojos; el que quiere callarme pues está harto de mí, me quiere dormido y tranquilo, me quiere perdido entre movimientos leves, entre batir las sabanas, entre soñar contigo.

—Luis Aguiñaga.

Sobre Los Daños Que Hace El No Poder Volar.

Nos apresuramos a llegar a la parada como queriendo huir del frió que nos rodeaba, era inútil pero lo intentábamos. El camión que salía estaba lleno ya de gente que al igual que nosotros  tenía prisa por dejar el frío atrás, se congelaban y lo sabía pues se apresuraban a subir, se apretaban unos con otros. Mary me pregunto si subiríamos pero yo quería esperar, le dije que el próximo estaba justo atrás y que tomáramos ese, así que esperamos.

—No pensé que tuvieras tanto frió  —le dije al ver que temblaba—. Tu traes chamarra y yo ni eso.

—Pues ya ves— dijo ella para después reír.

Mary subió, yo la seguí y me senté también. Mientras esperamos a que el camión avanzara veíamos por la ventana a una pareja de la cual Mary se había burlado con anterioridad. Él era un poco gordo, ella rubia y con una flor en su cabello. Mary los veía muy hipócritas, muy encariñados en su propia mentira, muy amantes de algo así como una lenta tragedia. Yo no entendía, o no me gustaba que los generalizara. Pero Mary tenía más experiencia en eso, cosa que a mí me faltaba y que me falta en muchas cosas. Yo los seguía viendo mientras se besaban, él se quito la chamarra que llevaba para cubrirla a ella, Mary se rió  otra vez como burlándose, creo que yo también. El viaje duró poco, vimos la estación del metro y bajamos para encontrarnos de nuevo con ese frío que ya conocíamos.

Mary hablaba mucho, ella guiaba la conversación y a mí no me importaba, sabía que todo lo que decía era cierto; cada cosa, cada problema entre nosotros, entre nuestro entorno, nuestros amigos, nuestras relaciones, todo era claro. Nos habíamos peleado con gusto, nos habíamos  alejado de a poco, casi como si no lo supiéramos o como si no quisiéramos aceptarlo, nos habíamos perdido entre lo poco que teníamos y ahí nos refugiábamos. Hablamos mucho, entre el frió  entre los cigarros. Yo fumaba tranquilo porque junto a ella no tenía nada que demostrar, no había nada que ganar; podía estar callado como muchas veces estoy, fumando y escuchando lo que decía. Era como si quisiera decirme que no cometiera los mismos errores, que no me dejara morir o que no me conformara con migajas. Ella tenía sus amores, yo creía tener los míos. Inhale por última vez y tire la colilla al piso, la observé como intentando adivinar donde se detendría para  así después pisarla, siempre temiendo que de alguna forma el ultimo latir de ese cigarro quemara mi zapato, que lo atravesara y quemara mi pie. Eso nunca pasaba pero siempre lo temía. Ella termino de fumar y repitió mi proceso, pero estoy seguro que no comparte mis miedos. Seguimos caminando, subimos unas escaleras mientras planeábamos las próximas obras a las que asistiríamos, Chéjov estaba en nuestro itinerario, con suerte Shakespeare también. El metro llego rápido y lo agradecimos pues nos helábamos con el viento de esa noche, subimos y nos sentamos de nuevo.

Cinco estaciones, un trasborde que traería otro, caminar entre la gente, reír de a poco, discutir y reír más; la incontenible fuerza del viento provocada por un metro que llega y otro que se va dándonos en la cara haciendo un desastre con el cabello de Mary, y  a mí haciéndome callar mientras hablaba de un libro o de cualquier tontería a las que soy propenso; otras cinco estaciones y de esta forma llegar por fin a un último camión que nos llevaría hasta nuestro hogar. Era un proceso que nos gustaba, que ya conocíamos. Quizás el ir en auto sería mucho más fácil pero solo yo pensaba en eso y bromeaba.

Me hubiera gustado volver a fumar, me hubiera gustado que el viaje durara más. Entre la nueva platica, entre el constante acelerar de nuestro transporte y las bocinas de los demás carros se nos iba el tiempo; ahora Mary cantaba en voz baja una canción que yo no conocía, pero que a ella le gustaba y conocía la letra (ella siempre conoce las letras). Yo me reía pues no sabía lo que cantaba; yo solo se reír. Y de esta forma trascurrió el viaje, rápido como siempre, y cuando menos me di cuenta ya besaba la mejilla de Mary para despedirme, su calle estaba frente a mis ojos, ni si quiera la vi bajar, se alejo rápido y yo también, alguien tomo su lugar junto al mío y quede solo, solo con la noche, con mis recuerdos; pensando si la vería pronto, si se habría divertido; pensado en el viaje que haría al siguiente día pues solo está en esa casa los fines de semana. Algunas calles más adelante bajé yo, dejando mis pensamientos en el asiento esperando que viajaran mejor, quizás ellos si se hubieran hartado ya de mí. Camine de nuevo, busque la luna con los ojos, deseé verla, deseé fumar. Deseé ser ese pájaro anónimo que a veces veo por mi ventana; deseé vivir rápido, deseé volar. Pero es de noche y no hay pájaros en el cielo, a esta hora ellos duermen, a esta hora no puedo ser; tengo que tolerar lo que soy y por eso tengo que fumar.

—Luis Aguiañga.

Desde hacia mucho tiempo tenia la intención de por fin poder leer algo de Oscar Wilde. Mis ojos estaban hundidos inspeccionando cada uno de los estantes de la pequeña librería independiente en donde este pequeño rojo su unió a mi. Estaba algo oculto, como cubriéndose entre libros mas grandes; solo delatado por una pequeña etiqueta bajo toda esa fila de libros, un papelito color verde con letras negras: “WILDE” es lo que decían. Su color, la pasta dura, sin letras en frente y de tras (solo en su costado) fue lo que me atrajo. Verlo tan pequeño, tan anónimo para quien lo viera de frente, para quien al tomarlo de esta forma chocara de inmediato contra un misterioso muro rojo, contra un secreto algo viejo y colorido. Fue casi instantáneo darme cuenta que eso seria lo que me llevaría, y que tan solo costara 30 pesos — 40 mas descuento— también debió influir en mi decisión.

"Todos merecíamos vivir, cada uno de los que sin aparentarlo estaban temerosos y llenos de angustia en esa habitación merecíamos volver a ver el cielo por gris que se encontrara, volver a sentir el aire natural de las calles aunque estas se encontraran sucias y llenas de ratas que circulaban con más libertad que nosotros. Merecíamos eso, el volver a ver el mundo, el volver a creer que estaba ahí, y por deshecho que se encontrara, volver a tener fe en que podríamos reconstruirlo, estar seguros que fuera de estas paredes, de este edificio, de esta cárcel, se elevaba un mundo que aun palpitaba, que aun podría mejorar, un mundo el cual aun podíamos rescatar de tanta maloliente melancolía."

Mi Madre Sin Piernas.

Año Nuevo.

Siento la necesidad  de salir de mi casa, el deseo de lanzarme a la calle para caminar entre el frió de la noche y los festejos por el nuevo año.

Me veo caminando, me iluminan los pocos carros que a esta hora circularan apresuradamente por las calles para llegar al hogar donde habrá quienes los reciban, medio alegres y medio molestos porque han sido obligados a esperar.

Me veo fumando, torpemente buscando el encendor azul y genérico que retiene mi bolsillo, que sostengo;  y la chispa alegre que viene después provoca que inhale de ese cigarrillo  que algún día me matara.

Me veo perdido, sin saber el camino de regreso, sin saber a que llamar hogar,  pues ya no me queda nada, ni objetos ni momentos; solo quiero espacio, quiero vació,  tiempo para perderme, el suficiente para que sea eterna la noche.

Me veo llorando, patéticamente siendo presa por la fetidez de un  recuerdo tortuoso y que no conozco, de una risa que no me queda, de un gritar que no se apresura a salir. Solo las lágrimas se ajustan, me parecen conocidas y no las rechazo.  

Me veo solo, inhalando el tabaco y la maloliente melancolía que segregan las avenidas vacías, las tiendas cerradas, las casas que hacen de su entrada una barricada pues nadie ajeno a su familia pasará; los perros que ladran asustados por la pirotecnia, la luna lejana, la mancha en mi zapato.

Me veo muriendo, lanzándome a alguno de los carros que junto a mí palpitan, estrellándome contra cualquier parabrisas que el azar me mande en ese instante,  o recibiendo con los brazos abiertos una bala por las que mi madre se preocupaba siempre que salía y quedar tendido en el suelo, pequeño como un animalito de los que mueren sin importancia.

Pero no, nada de eso me salvará. No me ayudará ni el caminar perdido junto a tu recuerdo, ni el inhalaran nicotina y expulsar sal de lagrimas, ni el morir solo, morir en año nuevo. La situación no mejorará, me sentiré peor que antes, más hastiado y perdido. Más vació y seguro de no haber hecho bien.

Impresiones sobre “El Beso”, de Antón Chejov.

Entramos primero al patio, en donde todos esperaban —cada uno hundido en sus propios pensamientos o compartiéndolos con la persona que los acompañaba— a que dieran las siete para poder disfrutar de la obra. Alrededor de las siete y seis, en el centro del patio se planto Pablo Chemor a quien había tenido la oportunidad de ver no hace mucho leyendo y dramatizando algunos cuentos de Julio Cortázar en la FILIJ. Nos indicaba que antes de presenciar la obra escucharíamos una grabación en la que entrevistaban a un militar de alto rango, el cual despedido desde las bocinas del lugar nos hablaba un poco sobre lo que es “ser un militar” y lo que se necesita para ello. Chemor tomo una silla en la cual se sentó, le colocaron una sábana blanca sobre su pecho y cubriendo su cuello, y procedieron a cortarle el cabello al mejor estilo que el ejercito requiere. Después de que habían terminado con la rápida sesión de peluquería Pablo se levanto. La voz de la grabación, desde un tiempo lejano nos establecía que para poder dar “ordenes” se necesitaban tres cosas; la primera era la cabeza, a lo cual Pablo Chamor dirigió su mano hacia la suya, y esto simbolizaba la inteligencia; después paso su mano hacia su hombro y la voz nos decía “el rango”; y finalmente la fuerza, a lo cual Pablo Chemor respondió dirigiendo su mano hacia su estomago. Algo que me quedo marcado a la memoria, fue el saber que el militar es la antítesis del actor, ya que a un militar se le enseña a no mostrar sentimientos. Se nos dijo de manera rutinaria que debíamos apagar nuestros celulares y pasamos al salón donde se desarrollaría todo.

Era un cuarto muy grande, en medio se encontraba un inmenso piano y alrededor de este varias sillas en las cuales nos estaríamos el público, así que el piano también sirvió como mesa. Una vez sentados se nos ofreció una pequeña taza en la cual nos sirvieron té de menta. El olor de este pequeño y tranquilizante líquido me acompaño a lo largo de las más de dos horas que sirvieron para presentar la trama del imaginario de “El Beso”, de Anton Chejov. 

La obra fluía y la temática militar se mezclaba varias veces con la situación mexicana entorno al narcotráfico y la acción de los militares al ser introducidos en todo el país de la manera en que se hizo para poder combatir el crimen organizado. Mi intensión aquí no es contarles de que trata la obra, pues para eso ya lo hizo muy bien Chejov y será menester de cada quien leerlo. Solo puedo hablar de cómo me sentí rodeado de la tensión en la que algunas escenas se desarrollaban, los silencios incómodos en lo que nos vimos sumergidos varias veces y que ejemplificaban muy bien la desesperación y miedo del personaje principal. 

Cada uno de los espectadores siendo parte de la tensión que dé a ratos intentaba romperse con el resonar de nuestras tazas de té al llevarlas de nuevo al plato en donde se encontraban; como si la menta pudiera darnos un poco de sosiego, como si el dulce y pequeño liquido intentara apartarnos de los gritos, de las peleas de los actores, de nuestra propia vida y retenernos en lo que significaba para nuestro personaje principal —un militar tímido y lleno de conflictos que desde su infancia cargaba— encontrarse en la fiesta de un viejo militar retirado, frente a las risas protocolarias de los anfitriones del banquete el cual disfrutaba a medias junto a varios de sus compañeros. Y cuando cansado de tanta tortura, de tanta falsa tranquilidad, se pierde entre los pasillos de aquella gran y bella casa, para encontrarse al final solo en la oscuridad, y frente a la débil luz que despedía el borde inferior de una puerta. 

Nuestro personaje entra en aquella desconocida habitación, las débiles luces que pudieron haber allí se desvanecen, poco a poco se interna mas en aquel cuarto, sus manos se encuentran con otras manos, manos de mujer. Y es en este momento en el que se desencadena la tragedia de “El Beso” con aquella desconocida, y después, un alto grito, proferido por nuestra desconocida la cual sale de la habitación dejando a nuestro personaje principal solo de nuevo, con la duda sobre de quienes fueron los labios con los que se encontró, que mujer lo había liberado en ese instante de tantos miedos y tanta pesadez. Mi mano busca la taza de té, lo bebo para sentir de nuevo esa cálida menta correr por mi garganta, y la obra continua.

La obra contó con la dirección y adaptación de Alonso Ruizpalacios.

Media Tarde.

Recuerdo mirarla. Ella dormía ligeramente y yo la veía dormir, veía sus labios,  veía sus ojos, su frente y la forma en que esta reaccionaba ante el calor que entraba por la ventada. Me gustaba el color de su cabello, único en todo ese vagón. Me gustaba su dormir y creo que me gustaba ella. Sus pequeñas mejillas me atraían pero ella no lo sabía, dormitaba conforme nuestro tren avanzaba a su destino, poco a poco se acercaba el momento de decirle adiós sin siquiera conocerla. La veía, pero ella no me miraba, y si lo hiciera yo no sería feliz, porque sabría que solo había dirigido sus ojos a un punto al azar y no hacia mí. La veía entreabrir sus ojos para saber si el viaje había terminado. Los cerraba y los abría lentamente, cada vez internándose más en su sueño. A veces me veía y yo apartaba la mirada de ella. No quería que supiera que la amaba.

No sabía su nombre ni nada sobre ella, solo conocía sus pequeñas manos que se apoyaban sobre la bolsa que cargaba, no conocía su sonrisa ya que dormía, pero conocía sus labios que se contraían en cada exhalación de su ser. No conocía lo que pensaba, pero sabía que soñaba. Y yo soñaba de pie, parado frente a ella, soñaba que me amaba. Imaginaba que al momento de llegar el tren a su destino ella se daría cuenta sin tener que abrir mucho sus ojos, se levantaría sin titubear pero con la paciencia suficiente para dejar salir del tren a todos los demás, incluso a mí.

Y así, después de lo que fueron horas en mi mente contemplando a mi primer amor de ese día el tren llego hasta donde tenía que llegar, hasta el final de mi fantasía, la muerte del amor que llegaría con el abrir de las puertas de nuestro transporte. Ella seguía dormida y yo me aferraba a cada instante antes de tener que apartar mis ojos de ella. Pero lo haría, tenía que dejar ese momento morir, tenía que deshacerme de su recuerdo y olvidarme de que la ame durante el tiempo que duro nuestro viaje, porque era el único momento donde la amaría. Yo la amaba por como dormía, y ella a mi porque no estaba en su sueño.