"Olvídese de este mundo ruidoso y de todas sus lujosas tentaciones, y que el también lo olvide. En el mundo no hay consuelo. Ya lo ve usted: no hay más que enemigos, traiciones y pecados."

Almas Muertas,

Nikolái Gógol.

Pues era un idiota al quererla, al soñarla, al amarla. Pero no la amaba, muy en el fondo sabía —o creía saber— que jamás estaríamos juntos. Era la lástima. Tenia lastima de ella, de su vida, de sus dolores. Y esa misma lastima me llevo a querer protegerla, a querer abrazarla y que se detuviera el mundo en ese instante; que nos conserváramos en un ámbar onírico. Que no muriera jamás ese momento, pues sabía que sería el único en que podría tenerla. Pero era un tonto, era todo lo que ella no había tenido y también todo lo que ella no necesitaba. Pues era un soñador, y lo peor de todo es que era falso, pues ni siquiera yo creía en lo que soñaba.

Y de esa forma, con resignación dejamos morir aquel instante —aquella vida, aquellos pactos no planteados, aquel contrato con la mirada— sabiendo que era único, irremplazable. Nos arrojamos al olvido y continuamos viviendo de la única torpe forma que sabíamos. Pero sabíamos tan poco, como todos los que olvidan.

Ámbar.

Bostezo.

Dieron las tres de la mañana un punto cuando despertó.  Abrumado y perdido, extrañando lo poco que podía recordar del anterior sueño que rápido se escapaba entre el frío de esa noche de marzo, entre las sabanas revueltas, entre la ropa de dormir que muy amablemente había soportado al desgaste de un cuerpo que no se mantiene quieto en ningún punto de la noche, que se mueve, que se estira; que está al borde de la cama en el perfecto goce de caer por completo hacia el suelo, hacia el abismo que el último instante onírico generará en su cabeza. Un cuerpo que regresa de las orillas del mundo, del mundo sueño, del mundo cama tranquila y sabanas verdes. Pequeño espacio, vasto terreno de posiciones por describir. Movimientos quedos, respirar profundo entre la noche, entre el olvido o lo que sea que aguarde tras la ventana cerrada y afuera la calle.

Diez minutos han pasado entre recobrar el aliento, sentir su cuerpo, sentir la cama; darse cuenta ya que los ojos se han adaptado a la oscuridad de ese cuarto, y solo a la de ese cuarto pues en cualquier otro lugar no sería más que un ciego primerizo, temeroso de lo negro que sus ojos perciben y que sus manos no tocan, horror tan grande ese de no poder ver lo que hay entre los brazos. Arrojarlos inútilmente hacia enfrente para buscar un soporte, un salvavidas en ese extraño mar de sombras heladas, de glacial vació entre mano y mano. Pero esta vez pudiendo ver el fin de las paredes se puede despertar tranquilo, mas resignado que contento de despertar en el mismo lugar en que se durmió.

Y se deseará seguir durmiendo, se deseará no controlar lo que se imagina, pues en este momento lejos del cansancio, de la pesadez de los parpados y de los ojos cerrados, se es culpable directo de todo lo que se recuerda, de todo lo que se piensa. Y si piensa en ella será su culpa; si recuerda sus mirada será su culpa y la de sus ojos; si recuerda sus labios será su culpa y la del deseo; si recuerda su risa será su culpa y la de sus oídos condenados a la voz más bella y a la que jamás se sabrá que responder. Y si se recuerda su tacto será su culpa y la de sus manos que no la retuvieron, la de sus brazos que en ese momento también se lanzaron al vació  Si recuerda su enojo será su culpa por no saber pelear, por no querer ceder. Y si no se recuerda nada mas será peor, pues nada más se tiene, ni la imagen ni las voces ni el intento.

Y se consume media hora, entre bostezos y recuerdos, entre saberse culpable por no querer dormir, por no querer soñar; pues se sabe que se ha soñado mucho, que se ha jugado con la vida, que se ha apostado poco esperando ganar todo. Se busca entre la semana en la que se existe el día más próximo para liberarse, para divertirse, y por fortuna se encuentra pronto. No se había visto tan urgente la necesidad de un sábado. Un sábado para salir, para ahora irse lejos de donde se vive, para perderse en alcohol seguramente. Desde la cama se imagina ya el humo del cigarro, las botellas apiladas de una en una antes de empezar la ceremonia del olvido, del todos muy felices y salud. Tomar sin importancia el whisky más cercano y empezar a verterlo en un vaso genérico. Ya lo deseo, ya quiero ese trago amargo que se suspende en la boca, que se saborea y se desliza fatalmente por la garganta; no hubo mejor compañía en mucho tiempo que ese beso, ese amargo beso de alcohol que muerde la garganta, que te hace compañía. Y los vasos no se detienen; no lo hacen en mi mente y no lo harán ese día.

Después el humo, el cigarro con su pronta flama que se enciende benevolente, que se acerca al tabaco para que  los labios entran en acción y de nuevo un beso, pero ahora con la nicotina. Y se inhala lento, y se roba la flama; nos apoderamos del fuego por un momento, nos olvidamos de Prometeo pues nadie nos condena, pues todos fuman. Cada uno sumergido a su manera, acercan su mano, acarician el pequeño cilindro blanco que se calcina para traer al siguiente. Ya no nos damos cuenta que sostenemos cenizas, y la queremos y la extrañamos en el momento en que por fin ha muerto y no hay otra que tome su lugar. No hay cajetilla, no hay mano salvadora que se dirija hacia algún bolsillo de pantalón o gabardina, que nos ofrezca de nuevo otro pequeño gusano de humo; animal aprisionado que se pierde entre hilos, entre cada respiro, entre cada sentir frió.  Entre cada que se siente que hacen falta de nuevo unos labios, que hace falta un beso.

Pero se tiene que regresar, se recuerda que se sigue atado a la cama y que no han pasado más de cuarenta minutos desde que el calor lo despertó. O quizás fue la necesidad de pensar en todo esto, de pensar en ti; de sentir que vale la pena y escribirlo. Todo se arreglará pronto, la cama, las sabanas y hasta el sueño volverá pero tú no lo harás. Volverá la necesidad de beber o de fumar pero tú no volverás. Tu estarás tan lejos, tan no te necesito, tan valiente de no verte, tan me haces mucho daño y por eso no te pienso, no me aterra la noche, no me duele la cama con su espacio vació. Tan débil que no te olvido, tan cruel que no te dejo ir; medio masoquista, medio insensato.

Medio bostezo, después uno completo; y ahora el sueño es el que regresa, el que por fin me extraña y me besa los ojos; el que quiere callarme pues está harto de mí, me quiere dormido y tranquilo, me quiere perdido entre movimientos leves, entre batir las sabanas, entre soñar contigo.

—Luis Aguiñaga.

Me levanté de mi cama ya equivocado, con un error en la mente, con el errar como acción. Mi primer error fue creer que podría sobrellevar el día, que podría superarlo acumulando cierta cantidad de horas, cierta cantidad de las mismas molestias rutinarias sin darles la importancia de las semanas pasadas. Que podría de alguna manera hacer que todo fuera más rápido, que el sol se apresurara a ocultarse, que se acelerara el olvido; o que me apresurara yo en todo caso a cumplir mis obligaciones para poder regresar pronto a mi casa —aun no ponía el segundo pie sobre el suelo y ya quería regresar, quería arrancarme con mis propias manos de la pesadilla de la convivencia, de la estúpida conversación que nada revela, de la indiferencia enmascarada de la forma más atroz con una condescendencia que de por si se huele patética, que se sabe perdida ante los ojos de alguien a quien no le importa en lo mas mínimo el saberse querido o apreciado. Pero ahí me encontraba yo, ya caminando —aunque no despierto del todo— para alistarme, para cubrirme de ropas y escoger una bonita mascara, un perfecto antifaz para evitar las preguntas y el acoso de los demás por saber lo que hice con mi fin de semana; por saber de qué forma lo desperdicie —si me lancé al libertinaje, a las calles en busca de alcohol como vicio o de unos labios como consuelo—, para calmar su morbo de saberse más productivos que yo. Pero la verdad es que me gusta desperdiciar mi tiempo y lo hago con devoción; me gusta malgastarlo, prostituirlo escribiendo o pensando. Escribiendo pequeñas porquerías como esta que ahora plasmo para liberarme, para depurarme de cierta carga que como un pedazo de fango negro y pesado se va alojando dentro de mí desde hace tiempo. No puedo verlo pero puedo sentirlo, también puedo escucharlo pero él a mi no me escucha  y por eso ya no le hablo;  ya no intento negociar con él o hacer un pacto como esperando que ceda a dejarme tener un poco de sosiego. Pero igual ya no tengo que ofrecerle, ya no se que quiera pues tampoco me lo dice. Y entre tanta decadencia, entre tanta indiferencia y horas perdidas también me divierto jugando —y esto también es un vicio—, pues juego al valiente y me engaño pensando que no te necesito, que no me haces falta; que soy lo suficientemente fuerte como para dejarme tentar por tus ojos, por tu sonrisa. Pero todo es un errar de nuevo; todo es horas consumidas, es el sol pasando velozmente quemándome rápido pero lo suficiente. Es otra mascara, soy otro yo.

Fango.

“Hace Falta Estar Ciego”

-Rafael Alberti

Ámbar.

No solo era la lucha, o el dominio, o el agotamiento; era algo más. Ese sentimiento que se posesionaba de mi carne me aterraba. Me obligaba a pensar que había algo mas oculto en sus palabras, pero me era inútil el intentar leer entre líneas  queriendo traspasar sus ojos en busca de respuesta.

Quería que me deshiciera pronto de su recuerdo, que arrojara todo al fuego, que matara cualquier idea de un futuro juntos. No quería que dejara rastro alguno de lo que fuimos. La sola idea de que pudiera existir algo entre nosotros la agobiaba. Pero no lo hubo. Ya no hubo llamadas, no hubo besos, jamás dormimos juntos, jamás hicimos el amor. Jamás hubo un indicio de que las cosas pudieran terminar de esa manera. Solo nos dejamos llevar por el juego tranquilo de los ratos de diversión, por las caricias indirectas; por las miradas que creíamos vacías pero qué llevaban consigo la pesada carga de la esperanza, del cariño, de ese vacuo amor, de ese amor idiota.

Pues era un idiota al quererla, al soñarla, al amarla. Pero no la amaba, muy en el fondo sabía –o creía saber– que jamás estaríamos juntos. Era la lástima. Tenia lastima de ella, de su vida, de sus dolores. Y esa misma lastima me llevo a querer protegerla, a querer abrazarla y que se detuviera el mundo en ese instante; que nos conserváramos en un ámbar onírico. Que no muriera jamás ese momento, pues sabía que sería el único en que podría tenerla. Pero era un tonto, era todo lo que ella no había tenido y también todo lo que ella no necesitaba. Pues era un soñador, y lo peor de todo es que era falso, pues ni siquiera yo creía en lo que soñaba.

Y de esa forma, con resignación dejamos morir aquel instante –aquella vida, aquellos pactos no planteados, aquel contrato con la mirada– sabiendo que era único, irremplazable. Nos arrojamos al olvido y continuamos viviendo de la única torpe forma que sabíamos. Pero sabíamos tan poco, como todos los que olvidan.

-Luis Aguiñaga

"Desengañémonos, amor mio, de la vida y de sus modos. Huyamos de ser nosotros… No saquemos del dedo el anillo mágico que llama, al moverlo, a las hadas del silencio y a los elfos de la sombra y a los gnomos del olvido…"

Fernando Pessoa.

"Ya no puedo palpar tu alma, se ha perdido entre falsos días. Ya no aparezco en tus retratos, me es ajeno tu corazón. No me arrojare al abismo de tus ojos, no me tatuare tus lamios en los míos, no dejare pedazo de mí ser anclado a tu recuerdo. He de morir al instante, enmascarado de sosiego. Mi nombre es olvido, mi hogar fue tu corazón."

Humo Y Olvido.

I

Creo que he olvidado como fumar.

El humo regresa de todas direcciones,

lo ahuyento desesperado,

quiero impedir que choque de nuevo conmigo,

pero se impregna dulcemente sobre mis dedos.

El no se aparta y yo ya no lo impido.

II

El humo ha atraído consigo a la noche,

que perdida recorre los sueños.

La veo entrar por mi ventana,

le ruego no detenerse conmigo.

El humo ha atraído a la noche,

y con ella el olvido.

 -Luis Aguiñaga