"Gradualmente, el hermoso universo fue abandonándolo; una terca neblina le borro las lineas de la mano, la noche se despobló de estrellas, la tierra era insegura bajo sus pies. Todo se alejaba y se confundía."

El Hacedor,

Jorge Luis Borges.

Bostezo.

Dieron las tres de la mañana un punto cuando despertó.  Abrumado y perdido, extrañando lo poco que podía recordar del anterior sueño que rápido se escapaba entre el frío de esa noche de marzo, entre las sabanas revueltas, entre la ropa de dormir que muy amablemente había soportado al desgaste de un cuerpo que no se mantiene quieto en ningún punto de la noche, que se mueve, que se estira; que está al borde de la cama en el perfecto goce de caer por completo hacia el suelo, hacia el abismo que el último instante onírico generará en su cabeza. Un cuerpo que regresa de las orillas del mundo, del mundo sueño, del mundo cama tranquila y sabanas verdes. Pequeño espacio, vasto terreno de posiciones por describir. Movimientos quedos, respirar profundo entre la noche, entre el olvido o lo que sea que aguarde tras la ventana cerrada y afuera la calle.

Diez minutos han pasado entre recobrar el aliento, sentir su cuerpo, sentir la cama; darse cuenta ya que los ojos se han adaptado a la oscuridad de ese cuarto, y solo a la de ese cuarto pues en cualquier otro lugar no sería más que un ciego primerizo, temeroso de lo negro que sus ojos perciben y que sus manos no tocan, horror tan grande ese de no poder ver lo que hay entre los brazos. Arrojarlos inútilmente hacia enfrente para buscar un soporte, un salvavidas en ese extraño mar de sombras heladas, de glacial vació entre mano y mano. Pero esta vez pudiendo ver el fin de las paredes se puede despertar tranquilo, mas resignado que contento de despertar en el mismo lugar en que se durmió.

Y se deseará seguir durmiendo, se deseará no controlar lo que se imagina, pues en este momento lejos del cansancio, de la pesadez de los parpados y de los ojos cerrados, se es culpable directo de todo lo que se recuerda, de todo lo que se piensa. Y si piensa en ella será su culpa; si recuerda sus mirada será su culpa y la de sus ojos; si recuerda sus labios será su culpa y la del deseo; si recuerda su risa será su culpa y la de sus oídos condenados a la voz más bella y a la que jamás se sabrá que responder. Y si se recuerda su tacto será su culpa y la de sus manos que no la retuvieron, la de sus brazos que en ese momento también se lanzaron al vació  Si recuerda su enojo será su culpa por no saber pelear, por no querer ceder. Y si no se recuerda nada mas será peor, pues nada más se tiene, ni la imagen ni las voces ni el intento.

Y se consume media hora, entre bostezos y recuerdos, entre saberse culpable por no querer dormir, por no querer soñar; pues se sabe que se ha soñado mucho, que se ha jugado con la vida, que se ha apostado poco esperando ganar todo. Se busca entre la semana en la que se existe el día más próximo para liberarse, para divertirse, y por fortuna se encuentra pronto. No se había visto tan urgente la necesidad de un sábado. Un sábado para salir, para ahora irse lejos de donde se vive, para perderse en alcohol seguramente. Desde la cama se imagina ya el humo del cigarro, las botellas apiladas de una en una antes de empezar la ceremonia del olvido, del todos muy felices y salud. Tomar sin importancia el whisky más cercano y empezar a verterlo en un vaso genérico. Ya lo deseo, ya quiero ese trago amargo que se suspende en la boca, que se saborea y se desliza fatalmente por la garganta; no hubo mejor compañía en mucho tiempo que ese beso, ese amargo beso de alcohol que muerde la garganta, que te hace compañía. Y los vasos no se detienen; no lo hacen en mi mente y no lo harán ese día.

Después el humo, el cigarro con su pronta flama que se enciende benevolente, que se acerca al tabaco para que  los labios entran en acción y de nuevo un beso, pero ahora con la nicotina. Y se inhala lento, y se roba la flama; nos apoderamos del fuego por un momento, nos olvidamos de Prometeo pues nadie nos condena, pues todos fuman. Cada uno sumergido a su manera, acercan su mano, acarician el pequeño cilindro blanco que se calcina para traer al siguiente. Ya no nos damos cuenta que sostenemos cenizas, y la queremos y la extrañamos en el momento en que por fin ha muerto y no hay otra que tome su lugar. No hay cajetilla, no hay mano salvadora que se dirija hacia algún bolsillo de pantalón o gabardina, que nos ofrezca de nuevo otro pequeño gusano de humo; animal aprisionado que se pierde entre hilos, entre cada respiro, entre cada sentir frió.  Entre cada que se siente que hacen falta de nuevo unos labios, que hace falta un beso.

Pero se tiene que regresar, se recuerda que se sigue atado a la cama y que no han pasado más de cuarenta minutos desde que el calor lo despertó. O quizás fue la necesidad de pensar en todo esto, de pensar en ti; de sentir que vale la pena y escribirlo. Todo se arreglará pronto, la cama, las sabanas y hasta el sueño volverá pero tú no lo harás. Volverá la necesidad de beber o de fumar pero tú no volverás. Tu estarás tan lejos, tan no te necesito, tan valiente de no verte, tan me haces mucho daño y por eso no te pienso, no me aterra la noche, no me duele la cama con su espacio vació. Tan débil que no te olvido, tan cruel que no te dejo ir; medio masoquista, medio insensato.

Medio bostezo, después uno completo; y ahora el sueño es el que regresa, el que por fin me extraña y me besa los ojos; el que quiere callarme pues está harto de mí, me quiere dormido y tranquilo, me quiere perdido entre movimientos leves, entre batir las sabanas, entre soñar contigo.

—Luis Aguiñaga.

Sobre Los Daños Que Hace El No Poder Volar.

Nos apresuramos a llegar a la parada como queriendo huir del frió que nos rodeaba, era inútil pero lo intentábamos. El camión que salía estaba lleno ya de gente que al igual que nosotros  tenía prisa por dejar el frío atrás, se congelaban y lo sabía pues se apresuraban a subir, se apretaban unos con otros. Mary me pregunto si subiríamos pero yo quería esperar, le dije que el próximo estaba justo atrás y que tomáramos ese, así que esperamos.

—No pensé que tuvieras tanto frió  —le dije al ver que temblaba—. Tu traes chamarra y yo ni eso.

—Pues ya ves— dijo ella para después reír.

Mary subió, yo la seguí y me senté también. Mientras esperamos a que el camión avanzara veíamos por la ventana a una pareja de la cual Mary se había burlado con anterioridad. Él era un poco gordo, ella rubia y con una flor en su cabello. Mary los veía muy hipócritas, muy encariñados en su propia mentira, muy amantes de algo así como una lenta tragedia. Yo no entendía, o no me gustaba que los generalizara. Pero Mary tenía más experiencia en eso, cosa que a mí me faltaba y que me falta en muchas cosas. Yo los seguía viendo mientras se besaban, él se quito la chamarra que llevaba para cubrirla a ella, Mary se rió  otra vez como burlándose, creo que yo también. El viaje duró poco, vimos la estación del metro y bajamos para encontrarnos de nuevo con ese frío que ya conocíamos.

Mary hablaba mucho, ella guiaba la conversación y a mí no me importaba, sabía que todo lo que decía era cierto; cada cosa, cada problema entre nosotros, entre nuestro entorno, nuestros amigos, nuestras relaciones, todo era claro. Nos habíamos peleado con gusto, nos habíamos  alejado de a poco, casi como si no lo supiéramos o como si no quisiéramos aceptarlo, nos habíamos perdido entre lo poco que teníamos y ahí nos refugiábamos. Hablamos mucho, entre el frió  entre los cigarros. Yo fumaba tranquilo porque junto a ella no tenía nada que demostrar, no había nada que ganar; podía estar callado como muchas veces estoy, fumando y escuchando lo que decía. Era como si quisiera decirme que no cometiera los mismos errores, que no me dejara morir o que no me conformara con migajas. Ella tenía sus amores, yo creía tener los míos. Inhale por última vez y tire la colilla al piso, la observé como intentando adivinar donde se detendría para  así después pisarla, siempre temiendo que de alguna forma el ultimo latir de ese cigarro quemara mi zapato, que lo atravesara y quemara mi pie. Eso nunca pasaba pero siempre lo temía. Ella termino de fumar y repitió mi proceso, pero estoy seguro que no comparte mis miedos. Seguimos caminando, subimos unas escaleras mientras planeábamos las próximas obras a las que asistiríamos, Chéjov estaba en nuestro itinerario, con suerte Shakespeare también. El metro llego rápido y lo agradecimos pues nos helábamos con el viento de esa noche, subimos y nos sentamos de nuevo.

Cinco estaciones, un trasborde que traería otro, caminar entre la gente, reír de a poco, discutir y reír más; la incontenible fuerza del viento provocada por un metro que llega y otro que se va dándonos en la cara haciendo un desastre con el cabello de Mary, y  a mí haciéndome callar mientras hablaba de un libro o de cualquier tontería a las que soy propenso; otras cinco estaciones y de esta forma llegar por fin a un último camión que nos llevaría hasta nuestro hogar. Era un proceso que nos gustaba, que ya conocíamos. Quizás el ir en auto sería mucho más fácil pero solo yo pensaba en eso y bromeaba.

Me hubiera gustado volver a fumar, me hubiera gustado que el viaje durara más. Entre la nueva platica, entre el constante acelerar de nuestro transporte y las bocinas de los demás carros se nos iba el tiempo; ahora Mary cantaba en voz baja una canción que yo no conocía, pero que a ella le gustaba y conocía la letra (ella siempre conoce las letras). Yo me reía pues no sabía lo que cantaba; yo solo se reír. Y de esta forma trascurrió el viaje, rápido como siempre, y cuando menos me di cuenta ya besaba la mejilla de Mary para despedirme, su calle estaba frente a mis ojos, ni si quiera la vi bajar, se alejo rápido y yo también, alguien tomo su lugar junto al mío y quede solo, solo con la noche, con mis recuerdos; pensando si la vería pronto, si se habría divertido; pensado en el viaje que haría al siguiente día pues solo está en esa casa los fines de semana. Algunas calles más adelante bajé yo, dejando mis pensamientos en el asiento esperando que viajaran mejor, quizás ellos si se hubieran hartado ya de mí. Camine de nuevo, busque la luna con los ojos, deseé verla, deseé fumar. Deseé ser ese pájaro anónimo que a veces veo por mi ventana; deseé vivir rápido, deseé volar. Pero es de noche y no hay pájaros en el cielo, a esta hora ellos duermen, a esta hora no puedo ser; tengo que tolerar lo que soy y por eso tengo que fumar.

—Luis Aguiañga.

"He tenido numeroso falsos arrebatos de valentía, he tenido demasiadas noches para practicar la melancolía con que pronunciaría las últimas palabras; palabras sucias, que se descomponen agónicas y se derraman sin presura por entre la comisura de mis labios. Ya no hay día en que no se me amontone en la garganta el aire gastado de la palabra detenida, de la voz que no pasa de mis labios y se pierde cautiva entre mi estomago y el corazón. Te extraño, vivo del patético recuerdo, te extraña mi patético amor; y te extraño de nuevo, te pierdo, te reconstruyo, te armo y te desarmo, me golpeo y me atormento; te secuestran mis ojos cerrados para retenerte lo suficiente en el velo del sueño. Sueño terrible, sueño excesivo. Sentimiento indómito que no me deja vivir, pues te extraño las trescientos sesenta y cinco horas del día, y eso me hace daño."

"La ciudad estaba llena de dormidos despiertos que no escapaban realmente a su suerte sino esas pocas veces en que, por la noche, su herida, en apariencia cerrada, se abría bruscamente. Y despertados por ella con un sobresalto, tanteaban con una especie de distracción sus labios irritados, volviendo a encontrar en un relámpago su sufrimiento, súbitamente rejuvenecido, y con él, el rostro acongojado de su amor."

Albert Camus / La Peste

"Igual que la aparición del Crucificado dividió la historia en dos, esta noche acaba de dividir en dos mi vida…"

Emil Cioran / Ese Maldito Yo.

Las trescientos sesenta y cinco horas del día.

He tenido numeroso falsos arrebatos de valentía, he tenido demasiadas noches para practicar la melancolía con que pronunciaría las últimas palabras; palabras sucias, que se descomponen agónicas y se derraman sin presura  por entre la comisura de mis labios. Ya no hay día en que no se me amontone en la garganta el aire gastado de la palabra detenida, de la voz que no pasa de mi labios y se pierde cautiva entre mi estomago y el corazón. Te extraño, vivo del patético recuerdo, te extraña mi patético amor; y te extraño de nuevo, te pierdo, te reconstruyo, te armo y te desarmo, me golpeo y me atormento; te secuestran mis ojos cerrados para retenerte lo suficiente en el velo del sueño. Sueño terrible, sueño excesivo. Sentimiento indómito que no me deja vivir, pues te extraño las trescientos sesenta y cinco horas del día, y eso me hace daño.

"No se que sentido tiene este viaje que fui forzado a realizar, entre una noche y otra, en compañía del universo entero. Sé que puedo leer para distraerme. Considero a la lectura como el modo más sencillo de entretener este viaje y cualquier otro; y, de vez en cuando, levanto los ojos del libro donde estoy sintiendo verdaderamente, y veo, con ojo de extranjero, el paisaje de huye -campos, ciudades, hombres y mujeres, afectos y saudades-, y todo eso no significa para mí más que un episodio de mi descanso, una distracción inútil con la que desvío los ojos fatigados de las paginas demasiado leídas."

Libro del Desasosiego,

Fernando Pessoa.

"Oh noche donde las estrellas fingen su luz, única cosa del tamaño del Universo, vuélveme, en cuerpo y alma, parte de tu cuerpo, que yo pueda perderme en ser pura tiniebla y me haga también noche, sin sueños que en mí sean estrellas, ni sol esperando que desde el futuro me ilumine."

Libro del Desasosiego,

Fernando Pessoa.

"No he conocido en toda mi vida, placer mayor que el de poder dormir. El apagamiento íntegro de la vida y del alma, el alejamiento completo de todo cuanto es el ser tú una persona, la noche sin memoria ni ilusión, el no tener pasado ni futuro, la []"

Libro del Desasosiego,

Fernando Pessoa.

Humo Y Olvido.

I

Creo que he olvidado como fumar.

El humo regresa de todas direcciones,

lo ahuyento desesperado,

quiero impedir que choque de nuevo conmigo,

pero se impregna dulcemente sobre mis dedos.

El no se aparta y yo ya no lo impido.

II

El humo ha atraído consigo a la noche,

que perdida recorre los sueños.

La veo entrar por mi ventana,

le ruego no detenerse conmigo.

El humo ha atraído a la noche,

y con ella el olvido.

 -Luis Aguiñaga