No es que no pueda dormir, es que no consigo ignorarme. Esa era otra de esas noches de desasosiego autogenerado. Tan perdido malgastando mi mente pensando en la nada; la vida se me iba desperdiciando aire, un aire que yo no quiero, un aire que yo no elegí; pero aun así me vi obligado a consumirlo, a gastarlo como a mi cuerpo; a perderme con él en laberintos de menos de un metro.
Muchas veces no es tan fácil poder decretar cuales son las inconsistencias que me llevaban a querer generar un buen relato sobre mi situación actual, he incluso odiaba no poder expresarlo lo más claramente posible. Una parte de mi se aferraba a no revelarse como lo que es; algo pequeño envuelto de miedos. Yo no elegí respirar este aire.
Era gracioso querer forzarme a escribir algo, no podía generar nada bueno a respectiva hora de la noche, en un respectivo lugar de mi habitación; incluso no estoy seguro de que mi vida en general pueda generar alguno bueno. Solo muerdo mis labios y sigo existiendo –decir que vivo seria una hipocresía.
Ahora me duelen los brazos. Esta cama, estas ropas, este aire, nada me pertenece. Ni caminar por las calles, las mismas calles cada día me da un poco de sosiego. Nada equilibra la balanza de mi ominoso futuro, un futuro tan presente como esta noche. Tan clara como el papel donde escribo esto. No hay luz donde me encuentro, la hubo en algún momento; cuando creía que existía claridad era feliz. Ahora sierro los ojos, ahora intento dormir.
-Paciente 16, L. A.
Recuerdo mirarla. Ella dormía ligeramente y yo la veía dormir, veía sus labios, veía sus ojos, su frente y la forma en que esta reaccionaba ante el calor que entraba por la ventada. Me gustaba el color de su cabello, único en todo ese vagón. Me gustaba su dormir y creo que me gustaba ella. Sus pequeñas mejillas me atraían pero ella no lo sabía, dormitaba conforme nuestro tren avanzaba a su destino, poco a poco se acercaba el momento de decirle adiós sin siquiera conocerla. La veía, pero ella no me miraba, y si lo hiciera yo no sería feliz, porque sabría que solo había dirigido sus ojos a un punto al azar y no hacia mí. La veía entreabrir sus ojos para saber si el viaje había terminado. Los cerraba y los abría lentamente, cada vez internándose más en su sueño. A veces me veía y yo apartaba la mirada de ella. No quería que supiera que la amaba.
No sabía su nombre ni nada sobre ella, solo conocía sus pequeñas manos que se apoyaban sobre la bolsa que cargaba, no conocia su sonrisa ya que dormía, pero conocía sus labios que se contraían en cada exhalación de su ser. No conocía lo que pensaba, pero sabía que soñaba. Y yo soñaba de pie, parado frente a ella, soñaba que me amaba. Imaginaba que al momento de llegar el tren a su destino ella se daría cuenta sin tener que abrir mucho sus ojos, se levantaría sin titubear pero con la paciencia suficiente para dejar salir del tren a todos los demás, incluso a mí.
Y así, después de lo que fueron horas en mi mente contemplando a mi primer amor de ese día el tren llego hasta donde tenía que llegar, hasta el final de mi fantasía, la muerte del amor que llegaría con el abrir de las puertas de nuestro transporte. Ella seguía dormida y yo me aferraba a cada instante antes de tener que apartar mis ojos de ella. Pero lo haría, tenía que dejar ese momento morir, tenía que deshacerme de su recuerdo y olvidarme de que la ame durante el tiempo que duro nuestro viaje, porque era el único momento donde la amaría. Yo la amaba por como dormía, y ella a mi porque no estaba en su sueño.
-Luis Aguiñaga
Aquel niño había tenido miedo muchas veces, siempre frente al mar lanzando deseos con cada ola y los pies sumergidos en la arena. La gente caminaba y se perdía detrás de él con forme pasaba el tiempo, y sin embargo las olas parecían ser las mismas. Quizás no atrapaban sus deseos, quizás se ahogaban en el oscuro fondo del mar. El horizonte que tenía frente a sus ojos se confundía con el cielo, un cielo sin nubes y con un sol poderoso que bañaba todo lo que veía.
Un sol que no calienta, una luz que no produce claridad, porque desde lo profundo de un alma cautiva es difícil suponer que lo que se ve coincide con lo que se siente. Es ahora cuando intento diferenciar sin éxito si sueño, si me encuentro sumergido en un mar de niebla viendo a un niño que arroja deseos a un mar de falsa sal.
Observo a aquel chiquillo desde una distancia segura, no quiero desperdiciar su tiempo con mis lamentos. No quiero acércame, no quiero conocerlo. No quiero darme cuenta, al hablarle, que ese niño soy yo. No quiero que descubra que los deseos que lanza se ahogan uno a uno. No quiero que averigüe que ha arrojado a su propia muerte partes de su alma. No sabe que nos está matando con cada ola.
Me acerco a él, me pongo a su lado y entierro mis pies en la arena. No le hablo y espero que no me vea. Meto la mano en mis bolsillos que están llenos de una arena infinita. Siento, o creo sentir, el viendo chocando contra mi cara, las falsas olas que se baten en espera de recuerdos. La arena que tomo con mis manos es esperanza y desasosiego. La saco de mis bolsillos y la arrojo al mar. Ayudare a ese niño a seguir vivo.
-Luis Aguiñaga.
Recuerdo mirarla. Ella dormía ligeramente y yo la veía dormir, veía sus labios, veía sus ojos, su frente y la forma en que esta reaccionaba ante el calor que entraba por la ventada. Me gustaba el color de su cabello, único en todo ese vagón. Me gustaba su dormir y creo que me gustaba ella. Sus pequeñas mejillas me atraían pero ella no lo sabía, dormitaba conforme nuestro tren avanzaba a su destino, poco a poco se acercaba el momento de decirle adiós sin siquiera conocerla. La veía, pero ella no me miraba, y si lo hiciera yo no sería feliz, porque sabría que solo había dirigido sus ojos a un punto al azar y no hacia mí. La veía entreabrir sus ojos para saber si el viaje había terminado. Los cerraba y los abría lentamente, cada vez internándose más en su sueño. A veces me veía y yo apartaba la mirada de ella. No quería que supiera que la amaba.
No sabía su nombre ni nada sobre ella, solo conocía sus pequeñas manos que se apoyaban sobre la bolsa que cargaba, no conocia su sonrisa ya que dormía, pero conocía sus labios que se contraían en cada exhalación de su ser. No conocía lo que pensaba, pero sabía que soñaba. Y yo soñaba de pie, parado frente a ella, soñaba que me amaba. Imaginaba que al momento de llegar el tren a su destino ella se daría cuenta sin tener que abrir mucho sus ojos, se levantaría sin titubear pero con la paciencia suficiente para dejar salir del tren a todos los demás, incluso a mí.
Y así, después de lo que fueron horas en mi mente contemplando a mi primer amor de ese día el tren llego hasta donde tenía que llegar, hasta el final de mi fantasía, la muerte del amor que llegaría con el abrir de las puertas de nuestro transporte. Ella seguía dormida y yo me aferraba a cada instante antes de tener que apartar mis ojos de ella. Pero lo haría, tenía que dejar ese momento morir, tenía que deshacerme de su recuerdo y olvidarme de que la ame durante el tiempo que duro nuestro viaje, porque era el único momento donde la amaría. Yo la amaba por como dormía, y ella a mi porque no estaba en su sueño.
-Luis Aguiñaga
I
Creo que he olvidado como fumar.
El humo regresa de todas direcciones,
lo ahuyento desesperado,
quiero impedir que choque de nuevo conmigo,
pero se impregna dulcemente sobre mis dedos.
El no se aparta y yo ya no lo impido.
II
El humo ha atraído consigo a la noche,
que perdida recorre los sueños.
La veo entrar por mi ventana,
le ruego no detenerse conmigo.
El humo ha atraído a la noche,
y con ella el olvido.