Los Anteojos,
Edgar Allan Poe.
Los Anteojos,
Edgar Allan Poe.
Los Anteojos,
Edgar Allan Poe.
Ulises,
James Joyce.
Te amo por ceja, por cabello, te debato en corredores blanquísimos
donde se juegan las fuentes de la luz,
te discuto a cada nombre, te arranco con delicadeza de cicatriz,
voy poniéndote en el pelo cenizas de relámpago y cintas que
dormían en la lluvia.
No quiero que tengas una forma, que seas precisamente lo que
viene detrás de tu mano,
porque el agua, considera el agua, y los leones cuando se disuelven
en el azúcar de la fábula,
y los gestos, esa arquitectura de la nada,
encendiendo sus lámparas a mitad del encuentro.
Todo mañana es la pizarra donde te invento y te dibujo,
pronto a borrarte, así no eres, ni tampoco con ese pelo lacio,
esa sonrisa.
Busco tu suma, el borde de la copa donde el vino es también la luna y el espejo,
busco esa línea que hace temblar a un hombre en
una galería de museo.
Además te quiero, y hace tiempo y frío.
Poema
Último Round, Julio Cortázar.
Te ofrezco mi cuerpo para que lo destroces —para que tus manos me flagelen, para que tu uñas me desgarren—; para que hagas con él lo que quieras.
Te ofrezco mi alma para que la mires y le escupas, para que te burles de ella, para que la sostengas entre tus manos y la subyugues sin arrepentimientos.
Te ofrezco la oportunidad de vengarte, de ser yo el mártir que gozoso aceptara todos tus golpes, todo tu amor.
Te ofrezco la dulce certeza de que estaré ahí, listo para tus mordidas, listo para tu odio, listo para tu amor agrio, para tu corazón con heridas. Listo para qué entro los golpes y la sangre —mi sangre—, mis torpes manos te acaricien, te retengan y te seduzcan a que continúes.
Te ofrezco la necesidad de que continúes con ello, de que te guste lo que haces conmigo pues a mí no me importa. Me importa más que lo hagas, que te desembaraces de tu ira y de tu sufrir. Me importa más que me ames y que me ames con violencia. Que no seamos mero sentimentalismo y me apuñales lento. Que me torture tu cariño, que me mate tu amor. Te ofrezco mi vida si es necesario; pero no la daré por ti pues prefiero que tú me la quites.
Quiero quererla querer; pero no puedo. No la amo. Amo sus lágrimas que son tan profundas, por que vienen de muy adentro de ella, un lugar que yo no puedo alcanzar. Amo su sensibilidad porque yo no puedo ser así. Soy un ínfimo ser; soy la fuerza del pesimista. Amo que sea tan frágil; pues yo soy tosco, soy duro. Estoy cubierto de mugre, de polvo y de lamentos.
Pero no la amo. Aislado y trémulo palpita el acorazado motor que me hace caminar solo para verla, para perderme. Para ahogarme de ella; para matarme de tanto vivir. Amo que no me quiera pues yo tampoco la puedo querer.
-Luis Aguiñaga.
Sus ojos era lo que más me preocupaba, pues nunca me miraron en aquel instante, ni siquiera podría decir que miraban algo; solo estaban ahí, suspendidos, arrojados a la nada como si buscaran algo sabiendo ella que moriría hasta dar al fin con él.
-Empiezo a creer que los dos son unos hipócritas.- dije una vez que ella termino de hablar, después de haberla observado todo ese instante eterno en el que se confesaba, y recordaba con tristeza.
Su semblante cambio a una expresión de sorpresa, y sus ojos volvieron a mirarme.
-¿Por qué dices eso?- pregunto desconcertada, triste porque después de todo lo que me había contado, toda la marea de tristeza por la que me vi nadando para recoger y entregarle los pocos pedazos de la felicidad que aún le quedaban -pedazos que para ella era imposible divisar entre ese velo que tenia pegado, esa mancha de petróleo que cubría sus ojos- lo que yo le preguntaba se enterraba en ella como una traición. Pues le decía que era una hipócrita, que todas su suplicas, que toda su agonía, su tormento, su tristeza, eran falsos.
-No lo sabes, lo peor es que no lo sabes.-
Y era verdad, ella no lo sabía. No podía entender, no podía explicarme cómo es que se torturaba, como es que vivía esperanzada y dependiente de un viejo amor. Pues se aferraba a las podridas ramas de lo que fue su vida con él.
Y es aquí donde yo también caigo en un error. Pues su vida con el aun no termina. Aun le duele, aun se ven, aun se besan hipócritamente después de las heridas, después del descontento, después de todo lo malo. Siguen jugando a que se quieren.
Tengo que detenerme en este punto; aquí donde no he explicado nada y sé que nada entenderé. Pues su vida es un caos; al igual que la mía, me es imposible dar explicaciones sobre las piedras con las que me gusta tropezar. Tanto mi vida como su relación es un abismo, es una perdida, es una falta de lucidez. Puesto que ya me he acostumbrado a mi abismo, solo en el me siento protegido. Conozco sus pantanos, conozco su peste. Me siento tranquilo vagando en la niebla que lo rodea. Y cuando me acerco al abismo que ellos generaron, me siento aterrado, desprotegido, temeroso porque nada conozco. Pero a ellos no les importa vivir ahí, pues se han acostumbrado a él; lo quieren pues lo vieron nacer como yo al mío.
Ahí viven ellos, ahí se quieren, ahí se odian y se aman. Se toman de las manos y hacen el amor rodeados de tanta niebla; se aman en su lodo precario, ríen y lloran, recuerdan y mueren, y yo, muero con ellos.
-Luis Aguiñaga.
El Rió de la Posesión/Libro del Desasosiego,
Fernando Pessoa.