"En quintaesencia trivialidad
durante años en esta caja de carne un alma femenina moró"

Ulises,

James Joyce.

"Porque las del ama
son las mayores tempestades."

Lope de Vega

"Pero la desdicha ha sido
que es mi mal de condición,
que no cabe en mi razón,
sino sólo en mi sentido;
que cuando por mi consuelo
voy a hablar, me pone en calma
ver que de la lengua al alma
hay mas que del suelo al cielo."

El castigo sin venganza,

Lope de Vega.

"Espero
su desgracia, porque quiero
ser en todo desdichado;
que mi desesperación
ha llegado a ser de suerte,
que sólo para la muerte
me permite apelación.
Y si muriera, quisiera
poder volver a vivir
mil veces, para morir
cuantas a vivir volviera.
Tal estoy, que no me atrevo
ni a vivir ni a morir ya,
por ver que el vivir será
volver a morir de nuevo,
y si no soy mi homicida,
es por ser mi alma tan fuerte,
que porque es menos la muerte,
me dejo estar con la vida."

El castigo sin venganza,

Lope de Vega.

Escojo varios muecas, precisas mascaras. Ornamentas pútridas que me llevo a la cara intentando esconder que no tengo rostro propio. Que me faltan ojos que no reflejen lastima; manos que sujeten mas que un maldito y gastado rezo pronunciado en los sótanos terribles del alma.

"Bendito el que sabe elegir la pasión más bella; aumenta y crece con cada hora y con cada minuto su inconmensurable felicidad, haciéndole penetrar cada vez más profundamente en el infinito paraíso de su alma."

Almas Muertas,

Nikolái Gógol.

Seguimiento

¡Pero por supuesto que mentí! ¡Vamos! Yo no quería tener más tiempo en mi casa a esa trabajadora social o lo que sea que la maldita fuera. Sabía a que iban las preguntas, hacia donde se dirigían y que pretendían resolver; pero yo no la dejaría, no me sometería a ese tedioso proceso de compartir con ella toda la mierda que tengo encima. Aun recuerdo su cara. Me pidió que la dejara pasar para que pudiera conectar la computadora que llevaba consigo y por la cual ella había firmado una responsiva por si algo le pasaba, una vez instalada empezarían las preguntas. Fue muy amable eso no lo discuto. Me contó un poco de ella: que vivía cerca de la ciudad, que no le gustaba el vecindario y que se sentía algo atemorizada por la gente que ahí vivía.  Me dio una hoja en la cual se especificaba a que iba todo eso, de que trataban las preguntas, los temas por los que estaba constituido todo el test. También supe que todo ello era parte de un seguimiento sobre la vida de varios jóvenes a los que se les había hecho el mismo test hace ocho años. — ¡Ocho años maldita sea! No recordaba haber pasado por esta mierda hace ocho años—. Y al final de la hoja se me pedía que firmara con lo cual habría dado mi consentimiento para poder empezar. Otra cosa importante es que en cualquier punto de las preguntas yo podía fácilmente evitarlas; podía decir que no quería responder esa mierda y ella estaba obligada a pasar a la siguiente pregunta, eso lo tuve en mente durante el tiempo que el interrogatorio se desenvolvía.

Empezó preguntándome si fumaba, dije que sí. —Me hubiera gustado poder fumar en ese instante, incluso ahora quisiera tener un estúpido cigarro conmigo—. Preguntó desde hace cuanto lo hacía, si lo hacía seguido, si por periodos prolongados yo seguía fumando. Si había decido dejarlo y en algún punto no había podido soportar la necesidad de un cigarro, o si el fumar me hubiera causado algún problema mayor tanto de salud como con mi familia. Evite todo, evadía de a poco lo que me lanzaba. “No” —decía yo—, “Poco.” Hacía tres años que había empezado a fumar y yo dije que apenas el año pasado.

Después pasamos a la parte más divertida: lo emocional. Esa estúpida palabra, ese idiota intento por saber si estaba deprimido, si tenía periodos prolongados en que me sintiera triste, desanimado; y de nuevo respondía de forma negativa y desapegada. ”Nada de eso —respondía— quizás he estado triste pero deprimido, ni lo piense.” Yo no quería profundizar, sabía que a cada respuesta con un maldito “Si”, esto desencadenaría mas preguntas, mas indagatorias; mas querer cavar en mi, intentar conocerme, intentar ayudarme; que aburrido. Ni siquiera yo tengo tiempo para eso y no eran ni siquiera medio día y ella estaría a punto de darme números, direcciones, personas con las quien pudiera hablar; profesionales en la materia.  Desasosiego. —Claro que me siento así, me gusta, he cultivado dulcemente esta melancolía, este vacío a lo largo de todos estos años y tanta paciencia se vio recompensada; eso es lo que tengo, no se atreva a quitármelo—. Hubo una pregunta, la cual se refería, si alguna vez me había sentido con miedo, si había tenido un episodio en que me sintiera desesperado o intranquilo y que esto hubiera durado, yo respondí que sí. No sé porque no evadí esta pegunta. Fue de las primeras y no sentí la necesidad de ocultarme, solo dije que sí.

Las preguntas seguían, ella tecleaba con fuerza en su computadora, mientras yo seguía con mis  “No”, “no” y “no”. Movía un poco la cabeza, la miraba, decía no una vez más. Siguiente pregunta: no. Siguiente pregunta: regular. Siguiente pregunta: no. Y de esta forma una hora transcurrió. Ella me decía que estaba sano, yo por dentro no paraba de reír. Pero al mismo tiempo, algo en mi interior estaba intranquilo; lo que había leído, las preguntas me revelaban situación extremas de gente que en episodios de depresión se había herido arrojándose ácido en la cara; yo me reí. Por dentro los veía destruidos en el suelo, con la cara deformada, quizás con su humeante piel aun cayéndose de la cara de esos estúpidos  agonizando, con gritos perfectamente entendibles saliendo de su boca, de sus labios que se queman y se caen dejando solo una blanca dentadura, la más perfecta sonrisa para recibir a la muerte. Y yo los imaginaba, en mi mente yo era el cómplice de su suicidio, y hasta pude haber sido yo el asesino pues los dejaba morir. Me reía y los dejaba morir. Y yo no moría,  yo prefería el dolor quedo, la sonrisa marchita, mi alma perdida con todo un catalogo en crecimiento de palabras indiferentes, de vacíos profundos, de conversaciones monótonas, de quiéreme un poco. Había practicado toda mi vida, ¿Por qué dejarlo ahora?

En las preguntas siguientes no tuve la necesidad de mentir, por lo tanto la segunda mitad de ese test fue aburrido. Ella me decía que se alegraba de que me hubiera ido tan bien. Yo no lo entendía, ¿De qué manera pudo haberme ido bien? ¿Por qué el que yo haya respondido de la forma en que lo hice me deja exento a no perder el control en el momento que se vaya? A que en un trágico y fugaz instante yo detonara, tomara cualquier cosa y golpeara a alguien o a mí mismo. No lo entendida y ella ya me agradecía por mi tiempo, me daba la mano y me dejaba un folleto por posibles dudas, me preguntaba ni número y una referencia para una necesaria localización posterior. Le di mi numero telefónico  me pidió el de alguien mas pero no accedí y ella entendió, estaba obligada a hacerlo. Guardó sus cosas, sus papeles, su computadora y su paciencia; todo fue directo a su mochila que cerró con rapidez pues su jefe ya la esperaba fuera de mi casa para poder acompañarla durante el resto del camino hacia las casas que le faltaban, hacia nuevas preguntas con mucha gente mas divertida divertida. Yo no soy especial, todo lo que aquí se relata no tiene la menor importancia, no soy único por mentir en estas preguntas, no me siento ni mejor ni peor, me encuentro igual que antes, igual de hastiado y perdido, con la misma indiferencia, con el mismo insulso patetismo con el que empecé a escribir; y justamente eso es y de esa forma quiero que se recuerde y se lea, como algo patético.

Luis Aguiñaga.

"El mal que existe en el mundo proviene casi siempre de la ignorancia, y la buena voluntad sin clarividencia puede ocasionar tantos desastres como la maldad. Los hombre son más bien buenos que malos, y, a decir verdad, no es esta la cuestión. Sólo que ignoran más o menos, y a esto se lo llama virtud o vicio, ya que el vicio mas desgraciado es el vicio de la ignorancia que cree saberlo todo y se autoriza entonces a matar. El alma del que mata es ciega y no hay verdadera bondad ni verdadero amor sin toda la clarividencia posible."

Albert Camus / La Peste

"¿Es imaginable un ciudadano que no posea un alma de asesino?"

Emil Cioran / Ese Maldito Yo.

Te ofrezco.

Te ofrezco mi cuerpo para que lo destroces —para que tus manos me flagelen, para que tu uñas me desgarren—; para que hagas con él lo que quieras.

Te ofrezco mi alma para que la mires y le escupas, para que te burles de ella, para que la sostengas entre tus manos y la subyugues sin arrepentimientos.

Te ofrezco la oportunidad de vengarte, de ser yo el mártir que gozoso aceptara todos tus golpes, todo tu amor.

Te ofrezco la dulce certeza de que estaré ahí, listo para tus mordidas, listo para tu odio, listo para tu amor agrio, para tu corazón con heridas. Listo para qué  entro los golpes y la sangre —mi sangre—, mis torpes manos te acaricien, te retengan y te seduzcan a que continúes.

Te ofrezco la necesidad de que continúes con ello,  de que te guste lo que haces conmigo pues a mí no me importa. Me importa más que lo hagas, que te desembaraces de tu ira y de tu sufrir. Me importa más que me ames y que me ames con violencia. Que no seamos mero sentimentalismo y me apuñales lento. Que me torture tu cariño, que me mate tu amor. Te ofrezco mi vida si es necesario; pero no la daré por ti pues prefiero que tú me la quites.

"Mañana también yo -el alma que siente y piensa, el universo que soy para mi mismo-, mañana, sí, yo también seré el que dejó de pasar por estas calles, aquel a quien otros evocarán con un “¿que habrá sido de él?”. Y todo cuanto hago, todo cuando siento, todo cuanto vivo, no sera más que un transeúnte de menos en la cotidianidad de las calles de una ciudad cualquiera."

Libro del Desasosiego,

Fernando Pessoa.

466.

El hombre no debe poder ver su propia cara. Eso es lo más terrible de todo. La Naturaleza le dio don de no poderla ver, como tambien el de no poder mirar sus propios ojos.

Sólo en el agua de los rios y de los lagos podía él contemplar su rostro. Pero hasta la postura que había de adoptar era simbólica. Tenia que curvarse, inclinarse para cometer la ignominia de verse.

El inventor del espejo enveneno el alma de los hombre. 

Fernando Pessoa,

Libro del Desasosiego.

"¿Conoce alguien las fronteras de su alma para que pueda decir -yo soy yo?"

Fernando Pessoa.

363.

No podemos amarnos, hijo mío. El amor es la mas carnal de las ilusiones. Escucha: amar es poseer. ¿Y qué posee quien ama? ¿El cuerpo? Para poseerlo seria necesario hacer nuestra su materia, comerlo, incluirlo en nosotros… Y esa imposibilidad seria temporal, porque nuestro propio cuerpo pasa y se trasforma, porque nosotros no poseemos nuestro cuerpo (poseemos únicamente nuestras sensación de él), y porque, una vez poseído ese cuerpo armado, se tornaría nuestro, dejaría de ser otro, y el amor, por eso, con la desaparición del otro ser, desaparecería…

¿Poseemos alma? Escúchame en silencio: Nosotros no la poseemos. Ni nuestra alma es tan siquiera nuestra. Por lo demás, ¿como poseer un alma? Entre alma y alma se abre el abismo de ser almas.

¿Qué poseemos? ¿Qué es lo que poseemos? ¿Qué es lo que nos lleva a amar? ¿La belleza? ¿Y amando podemos poseerla? La más feroz y dominadora posesión de un cuerpo, ¿qué es lo que llega a poseer de él? No el cuerpo, ni el alma, ni siquiera la belleza. La posesión de un cuerpo hermoso no abraza la belleza, abraza la carne celular y grasienta; el beso no roza la belleza de la boca, sino la carne húmeda de los labios mortales y sus mucosas; la propia cópula no pasa de un contacto, un contacto restregado y próximo, pero no una penetración real, ni siquiera de un cuerpo en otro… ¿Qué es lo que nosotros poseemos? ¿Qué es lo que poseemos?

¿Nuestras sensaciones, por lo menos? ¿Es al menos el amor un medio de poseernos a nosotros mismos en nuestras sensaciones? ¿es al menos un modo de soñar nítidamente, y por ello más gloriosamente, el sueño de existir? y, por lo menos, desaparecida la sensación, queda su recuerdo con nosotros para siempre y así, verdaderamente, la poseemos…

Hasta de eso hemos de desengañarnos. Nosotros no poseemos ni siquiera nuestras sensaciones. No hables. La memoria, al final, es la sensación del pasado…. Y toda sensación es una ilusión.

Fernando Pessoa, Libro del Desasosiego.

Movimiento Involuntario

No había aclarado todas mis dudas sobre lo que me llevo a terminar en esa semana, por lo cual decidí salir, tome mi abrigo gris, algo gastado a mi parecer, pero nunca di importancia a esto. Al estar fuera de casa, por un momento pensé que había olvidado algo, era normal, siempre tenia la misma sensación cuando me sentía inseguro sobre algo, incluso al salir de mi casa tenía ese pesado insulto hacia mis recuerdos sobre que algo fallaba, algo no cuadraba y no me permitirá completar de la mejor manera el día. A pesar de todo camine calles abajo, a once cuadras de mi departamento se encontraba la casa de Ely, no sabía si después de lo que paso sería buen momento para visitarla, no había pasado una semana y ya me encontraba torturándola con mi mirada, ella odiaba que la viera en ese estado, mis ojos eran los mismos pero a su parecer algo detrás de ellos era lo que estaba mal, como si la culpara en todo momento. Como si supiera que terminaremos discutiendo, así que comenzaba de la peor forma anticipándose al final de la conversación.

Toque a su puerta, me pregunte si lo había hecho de la forma correcta, si fue firme o si fue un golpe sin ninguna sensación de ánimos. Desde la ventana al final de ese pasillo podía ver el sol de la tarde, un sol que ya casi se extinguía y daba ese color naranja a todo por sobre lo que se posaba, odiaba ese color y mi rostro lo expreso con la típica mueca con la que denoto todo lo que me incomoda, una mueca la cual Ely por supuesto odiaba, como lo hizo al abrir la puerta y verme con ella. No me dijo nada y entre.

Seguía todo en desorden, quite algunos periódicos del sofá y me senté. Ely seguía sin decir palabra alguna, se paseaba por la estancia recogiendo y examinando papeles para saber todo lo que se dirigiría a la basura, o para saber que aventarme a la cara.

Le pregunte como se sentía al mismo tiempo que ella dijo hola, fue incomodo, era como si no hubiéramos tenido una conversación en años, yo con miedo y con la mirada perdida y ella irritada y con desconfianza. Tomo una taza de café y la arrojo hacia mí, yo recibí el golpe de lleno, me tire al suelo y resistí el intento de gritar, después moví involuntariamente mi cabeza como si fuera una rápida mirada hacia la derecha. Me encontraba sentado en el sofá, no había dolor, no había caída, no había pedazos de la taza rota ni café vertido en el suelo y en mi cara, lo había imaginado. Tendía a pensar la peor situación que podía pasar en cualquier lugar, y era claro que esa no podía ser la peor de aquel momento.

Después de un rato al fin se sentó,  la mire a los ojos pero ella no hacia lo mismo conmigo, yo ame esos ojos alguna vez, no sé si aun lo hago pero recuerdo que me gustaba contemplarlos, recrearlos en mi mente, la forma de sus mejillas y como su pequeña boca adornaba todo su rostro haciéndolo perfecto. Nunca se lo dije. Ahora su rostro se me hace tan normal como el de cualquiera.

-¿Cómo te sientes?- pregunte.

Como siempre era algo estúpido, alguien había muerto y lo mejor que podía sacar de mi alma, lo mejor que pudo generar mi mente fue una estúpida pregunta sin la menor fuerza, sin el menor cobijo hacia una persona afligida

-¿Cómo crees que me siento?- dijo ella.

Lo sabía, una estúpida pregunta y la habitual respuesta que desencadenaría al final de la conversación una nueva pelea.

Imagine que la golpeaba y ahora ella caía frente a mí como antes yo lo hice con la taza de café que nunca arrojo. Como el golpe que yo nunca di. De nuevo aquel movimiento involuntario. Mario había muerto hace no más de una semana, era mi amigo, y Ely su novia, son dos cosas que no se pueden comparar.

Ambos lo vimos morir, vimos la flama y sentimos el calor de un carro que se incendiaba, incluso pude ver unos brazos que se agitaban y golpeaban el parabrisas, se que ella también lo vio, sus ojos me lo dicen cuando se queda mirando una vela, o una flama, o un vaso de agua.

-Yo lo amaba- dijo ella secando sus ojos con su muñeca. Robándole a su mejilla la oportunidad de sentir una lagrima correr y desaparecer en su cuello.

Había tenido que soportar esas palabras con anterioridad, tuve que luchar contra ellas. En aquel tiempo no era tan fuerte, ni incluso creo serlo ahora, pero uno aprende a resignarse y a enfrentar las cosas de la mejor manera. Muchos dicen “si amas algo déjalo ir”. Esas son estupideces, solo existe la resignación.

Al fin me miró como buscando mas palabras estancadas en el pozo de mi alma. Odiaba que lo consiguiera.

-Es raro pensar que todo el tiempo que tenemos es solo un suspiro, un grano de arena en un reloj infinito, y hacemos la misma diferencia en este universo que al agregar una gota de agua al mar con nuestras lágrimas. No fue el azar, no fue un arrebato divino, nadie reclamo su cuerpo por el simple hecho de verte sufrir, fue solo algo que paso, irremediable en este punto, y no creo que cuando estuvimos allí pudiéramos haber hecho algo. No lo sabíamos, nadie lo sabía, mucho menos él. Y ahora solo nos queda su alma, si es que tú lo quieres de esa forma, ya que es la única forma en que puede seguir con nosotros. Imagina que está aquí en cuerpo junto a ti y tortúrate.  Imagínalo como ser intangible, maravilla de alma que ahora vive en tu interior y sigue viendo con el saber de que estuvieron juntos.-

Ella me miraba, o intentaba hacerlo mientras alejaba de si las lágrimas de culpa que de nada le servían, tenía que darle paso a las lágrimas de aceptación y de futuro. Yo continúe hablando, ese fue mi primer error, debí callar y esperar su respuesta.

-Ustedes sin duda alguna se amaban, podía verlo en tus ojos, es difícil no amar a alguien como tu.-

Ese fue mi segundo error, guarde silencio un momento mire lentamente toda el lugar, no advertí que todo estaba desordenado de una forma curiosa, todas las cosas de Mario estaban sobre la mesa, varias cajas y algunas cosas demasiado grandes se encontraban ahí, y también las de Ely,  todo en un solo lugar de la casa. Lo demás, lo que estaba en la sala, en el sofá, en la cocina, eran cosas que no reconocía, periódicos viejos y basura que no entendía como llegaron ahí.

-Tengo sueño.- dijo ella.

Se recostó en mi pecho, y se quedo dormida, la culpa y la tristeza la habían agotado toda esa semana. El color naranja del sol que se filtraba de sus ventanas, ahora invadía toda la estancia, y por alguna razón el sueño también se filtro de entres los brazos de Ely hacia mí. Me acomode y antes de quedarme dormido yo también, vi su cabello, y mi mirada bajo hasta sus ojos, los contemple, vi sus mejillas y la hermosa forma en que su pequeña boca adornaba aquel rostro que yo ame alguna vez, o que tal vez aun amo. No lo sé. Me dormí.

Me desperté después de lo que supongo fue un corto sueño, ya que el color naranja aun gobernaba en la habitación. Ely ya no estaba, intente buscarla con la mirada pero fue en vano. Me levante del sofá y me dirigí a su cuarto, la llame y no hubo respuesta alguna de ninguna parte, entre a una habitación vacía que nada me rebelo. Me dirige a la cónica, algo en mi se llenaba de tristeza, una sensación en toda la casa me aterraba y me hacia odiar mas aquel color naranja que reinaba como burlándose de mi confusión. Solo me quedaba por revisar el baño, me dirigí hacia el y una vez frente a la puerta volví a llamar a Ely, no respondió, me acerque mas casi hasta tocar con mi rostro el relieve de madera de la puerta he instantáneamente sentí algo en mi pie izquierdo, lo reconocí de inmediato, era agua. Mi mirada se perdió pues lo que en un principio me pareció agua se convirtió en un horror,  sangre era lo que brotaba desde el interior de aquel lugar. Empuje, necesitaba entrar rápidamente, pero la puerta se oponía a mis deseos, o era el naranja del lugar, o era la sombra que se proyectaba sobre mí la que le daba fuerza a estos dos.

Por fin logre entreabrir la puerta, y lo primero que vi fue su brazo, lleno de sangre, se encontraba recostada sobre el piso, sobre un charco de sangre, sangre que ahora estaba bajo mis pies. Sus ojos me miraban, esa fría mirada quedo dirigida hacia la puerta, ofrecida para el primero que entrara en aquel lugar, sin duda ese seria yo.No podía soportar más esa mirada, yo había amado esos ojos, y ahora esos mismos ojos consumían el amor de mi cuerpo, lo atrapaban, lo devoraban y lo vomitaban a la nada.

Me aleje, corrí a la salida de su departamento, una vez fuera de este voltea mi mirada hacia la ventana que me vio llegar, a la que le ofrecí una mueca. El color naranja se filtraba y se dirigía a mis ojos, yo lo odiaba y lo odie más en ese momento. Corrí hacia la ventana y salte, rompí el cristal sin sentirlo y me encontré fuera del edificio, eran cinco pisos hasta el suelo. Otro movimiento involuntario. Desperté.

-Luis Aguiñaga Soto, Octubre 2011.