Sus ojos era lo que más me preocupaba, pues nunca me miraron en aquel instante, ni siquiera podría decir que miraban algo; solo estaban ahí, suspendidos, arrojados a la nada como si buscaran algo sabiendo ella que moriría hasta dar al fin con él.
-Empiezo a creer que los dos son unos hipócritas.- dije una vez que ella termino de hablar, después de haberla observado todo ese instante eterno en el que se confesaba, y recordaba con tristeza.
Su semblante cambio a una expresión de sorpresa, y sus ojos volvieron a mirarme.
-¿Por qué dices eso?- pregunto desconcertada, triste porque después de todo lo que me había contado, toda la marea de tristeza por la que me vi nadando para recoger y entregarle los pocos pedazos de la felicidad que aún le quedaban -pedazos que para ella era imposible divisar entre ese velo que tenia pegado, esa mancha de petróleo que cubría sus ojos- lo que yo le preguntaba se enterraba en ella como una traición. Pues le decía que era una hipócrita, que todas su suplicas, que toda su agonía, su tormento, su tristeza, eran falsos.
-No lo sabes, lo peor es que no lo sabes.-
Y era verdad, ella no lo sabía. No podía entender, no podía explicarme cómo es que se torturaba, como es que vivía esperanzada y dependiente de un viejo amor. Pues se aferraba a las podridas ramas de lo que fue su vida con él.
Y es aquí donde yo también caigo en un error. Pues su vida con el aun no termina. Aun le duele, aun se ven, aun se besan hipócritamente después de las heridas, después del descontento, después de todo lo malo. Siguen jugando a que se quieren.
Tengo que detenerme en este punto; aquí donde no he explicado nada y sé que nada entenderé. Pues su vida es un caos; al igual que la mía, me es imposible dar explicaciones sobre las piedras con las que me gusta tropezar. Tanto mi vida como su relación es un abismo, es una perdida, es una falta de lucidez. Puesto que ya me he acostumbrado a mi abismo, solo en el me siento protegido. Conozco sus pantanos, conozco su peste. Me siento tranquilo vagando en la niebla que lo rodea. Y cuando me acerco al abismo que ellos generaron, me siento aterrado, desprotegido, temeroso porque nada conozco. Pero a ellos no les importa vivir ahí, pues se han acostumbrado a él; lo quieren pues lo vieron nacer como yo al mío.
Ahí viven ellos, ahí se quieren, ahí se odian y se aman. Se toman de las manos y hacen el amor rodeados de tanta niebla; se aman en su lodo precario, ríen y lloran, recuerdan y mueren, y yo, muero con ellos.
-Luis Aguiñaga.
No podemos amarnos, hijo mío. El amor es la mas carnal de las ilusiones. Escucha: amar es poseer. ¿Y qué posee quien ama? ¿El cuerpo? Para poseerlo seria necesario hacer nuestra su materia, comerlo, incluirlo en nosotros… Y esa imposibilidad seria temporal, porque nuestro propio cuerpo pasa y se trasforma, porque nosotros no poseemos nuestro cuerpo (poseemos únicamente nuestras sensación de él), y porque, una vez poseído ese cuerpo armado, se tornaría nuestro, dejaría de ser otro, y el amor, por eso, con la desaparición del otro ser, desaparecería…
¿Poseemos alma? Escúchame en silencio: Nosotros no la poseemos. Ni nuestra alma es tan siquiera nuestra. Por lo demás, ¿como poseer un alma? Entre alma y alma se abre el abismo de ser almas.
¿Qué poseemos? ¿Qué es lo que poseemos? ¿Qué es lo que nos lleva a amar? ¿La belleza? ¿Y amando podemos poseerla? La más feroz y dominadora posesión de un cuerpo, ¿qué es lo que llega a poseer de él? No el cuerpo, ni el alma, ni siquiera la belleza. La posesión de un cuerpo hermoso no abraza la belleza, abraza la carne celular y grasienta; el beso no roza la belleza de la boca, sino la carne húmeda de los labios mortales y sus mucosas; la propia cópula no pasa de un contacto, un contacto restregado y próximo, pero no una penetración real, ni siquiera de un cuerpo en otro… ¿Qué es lo que nosotros poseemos? ¿Qué es lo que poseemos?
¿Nuestras sensaciones, por lo menos? ¿Es al menos el amor un medio de poseernos a nosotros mismos en nuestras sensaciones? ¿es al menos un modo de soñar nítidamente, y por ello más gloriosamente, el sueño de existir? y, por lo menos, desaparecida la sensación, queda su recuerdo con nosotros para siempre y así, verdaderamente, la poseemos…
Hasta de eso hemos de desengañarnos. Nosotros no poseemos ni siquiera nuestras sensaciones. No hables. La memoria, al final, es la sensación del pasado…. Y toda sensación es una ilusión.
Fernando Pessoa, Libro del Desasosiego.
Libro del Desasosiego,
Fernando Pessoa.
Libro del Desasosiego.
Fernando Pessoa