La Náusea.

Cuando uno vive, no sucede nada. Los decorados cambian, la gente entra y sale, eso es todo. Nunca hay comienzos. Los días se añaden a los días sin ton ni son, es una suma interminable y monótona. De vez en cuando, se saca un resultado parcial; uno dice: hace tres años que viajo, tres años que estoy en Bouville. Tampoco hay fin: nunca nos abandonamos de una vez a una mujer, aun amigo, a una ciudad. Y además, todo se parece: Shangai, Moscú, Argel, al cabo de quince días son iguales. Por momentos - rara vez- se hace balance, uno advierte que está pegado a una mujer, que se ha metido en una historia sucia. Dura lo que un relámpago. Después de esto, empieza de nuevo el desfile, prosigue la suma de horas y días. Lunes, martes, miércoles. Abril, mayo junio. 1924, 1925, 1926.”

Jean-Paul Sartre.

La Náusea.

“Cada instante aparece para traer los siguientes. Me aferro a cada instante con toda el alma; se que es único, irreemplazable, y sin embargo no movería un dedo para impedir su aniquilación. […] Me inclino sobre cada segundo, trato de agotarlo; no dejo nada sin captar, sin fijar para siempre en mi, ni la ternura fugitiva de esos hermosos ojos, ni los ruidos de la calle, las falsa claridad del alba; y sin embargo, el minuto trascurre y no lo retengo; me gusta que pase”

La Náusea.

Sonreía. Primero perdí el recuerdo de sus ojos, luego el de su largo cuerpo. Retuve lo mas que pude su sonrisa, y hace tres años que también la perdí. Hace un rato, bruscamente, cuando recibí la carta de manos de la patrona, volvió; creí ver a Anny sonriendo. Aun trato de recordarla; necesito sentir toda la ternura que Anny me inspira; esa ternura está ahí, muy cerca; lo único que pide es nacer. Pero la sonrisa no vuelve: se acabo. Permanezco vacio y seco.