(Source: sugoihentai, via oh-totoro)

"Dear Suzy, you have a superb voice. You were my favorite animal in the program, by far."

"Dear Sam, thank you very much."

(Source: fassyy, via belispeakkk)

Cielo raso.

I

L. había ya cuestionado antes lo inútil que era. Se paseaba de ida y vuelta entre su cama y la ventana ideando nuevas formas de ocasionarse problemas, casi todas destinadas a mantenerlas en secreto. Había visto cosas; había escuchado atento las voces de ayuda que en ocasiones una que otra persona dirigía hacia él. Sabía que lo peor había sido construir promesas. Sabía lo delicado y fácil que era poder corresponder los suplicios de la gente desesperada con unas cuantas líneas animosas provenientes de ninguna parte y dirigidas hacia ningún lugar. Y era de esta forma como tontamente creía haber ayudado a alguien. Pero el jamás había pensado que tendría que dar algo a cambio en algún momento, o quizás lo sabía y no le importaba. No lo conocía  lo suficiente como para saber que tanto le importaban las personas con las que hablaba y pasaba buena parte del día. Lo había visto reír, reír muy fuerte. Y lo había visto llorar, tan profunda y lastimosamente que había terminado odiándolo. Pero no me importaba lo suficiente para preocuparme por él. Ante todo sabía que era falso, que mentía constantemente. Y lo hacía tan bien, tan deliberadamente y tan fácil que no pude llegar a hacer que confesara lo que en verdad pensaba. Sus ojos me miraban, y al igual que sus labios nada me decían. Mis brazos sobre él no lo inmutaban, se veía tan patético intentando hacerse el fuerte; el que no le importaba. Incluso había mordido su hombro. Comencé suave, como jugando —a él solo le gusta jugar— y había continuando hasta que mis dientes se clavaron con más odio que inquietud. La ira que buscaba una respuesta y el temor por dañarlo en verdad, se mezclaba inesperadamente en una especie de sueño pasajero, rápido y frío. Pero ni el calor de mis brazos ni la saliva de mis labios habían conseguido animarlo un poco, seguía sin ganar nada.

Ante mi tenia al espectro vacilante de cualquier sueño errado. Sobre nosotros se erguía la pesada y cálida mancha de los ilusionados.

II

Pero habíamos caminado juntos y tomados de la mano. Como siguiendo al sol acompañábamos a la tarde en el bamboleo de las horas y la rutina. Nos perdíamos uno dentro de la conversación del otro. Miraba atento tus ojos y encontraba en ellos el reflejo de los míos idiotas, segados, superpuestos a la verdad.

Los decorados cambiaban; sabanas, concreto, cielo raso. Ya ninguno olvidaría la intromisión de la luz en nuestro apartamento barato de la calle Jardín. La habitación pequeña color hueso que nos envolvía y confundía cada que nos relegábamos a la cama con toda su comodidad impregnada de sudor. No había espacio para nada más.

La cama muy a la esquina en el lado izquierdo del cuarto, justo frente a la puerta. Nos bastaba entrar y ya tumbarnos uno encima del otro. Junto a nosotros un viejo buro azul decorado inútilmente con figuritas de barro, pequeños cofres de madera aferrándose a un corazón de papelitos y monedas. El cenicero a veces lleno, a veces desbordando la ceniza de la noche y de la mañana siguiente. Y nuestro ropero con su desorden pronunciado intentando ocultarse tras unas puertas bien cerradas.

No importaba que me recitaras a diario tu ensayada palabrería de ladrón primerizo. Yo te escuchaba y te envolvía. Solía decirte lo que ya sabias. Solía gritar. Y ninguno había estado jamás más cómodo con eso. Uno y dos vivíamos atentos a que subiera la marea y que nos bañara ya sea el sudor de la cama o la fatiga de la pelea; nuestra discusión tan necesaria. Para ceder faltaba tiempo. Entender la culpa y aceptar el error tomaba demasiado de nosotros y preferíamos darle vuelta como siempre. Nos negamos todo. Las mentiras, los reproches; pero jamás los besos. Eso siempre estaría ahí, a la vuelta de cada mirada. A la vuelta del recuerdo punzante de nuestras fallas. Y no faltaba que dijeras:

—Suelo ser más tonto—.

— ¿Y eso debería ser un consuelo para mí? —.

Gritando, siempre gritando.

—Luis Aguiñaga.

sakrogoat:

Francisco de Goya - Hannibal the Conqueror Viewing Italy from the Alps for the First Time (detail)

(via rtcloud)

(Source: thebeasthowls, via darsvid)

(Source: Spotify)

(Source: Spotify)

psychedelicnowhereman:

roger—-waters:

The mind, soul, spirit, and heart of Pink Floyd.

(via fuckyeahpinkfloyd)

"I’d woken up early, and I took a long time getting ready to exist."

The Book of Disquiet (Fernando Pessoa)

(Source: wordsthat-speak, via sinclairpostmoderno)

"El arte nos libra ilusoriamente de la sordidez de ser. Mientras sentimos los males y las injurias de Hamlet, no sentimos los nuestros — viles porque son nuestros y viles porque son viles.
El amor, el sueño, las drogas e intoxicantes, son formas elementales del arte, o, más bien, de producir el mismo efecto que él. Pero amor, sueño y drogas tienen cada uno su desilusión. El amor harta o desilusiona. Del sueño se despierta y cuando se ha dormido no se ha vivido. Las drogas se pagan con la ruina de ese mismo físico para estimular al cual han servido. Pero en el arte no hay desilusión porque la ilusión ha sido admitida desde el principio. No hay que despertar del arte, porque en él no dormimos, aunque soñásemos. En el arte no hay tributo o multa que pagar por haber gozado de él. El placer que nos ofrece, como en cierto modo no es nuestro, no tenemos que pagarlo o que arrepentimos de él. Por arte se entiende todo lo que nos deleita sin que sea nuestro —el rastro del paso, la sonrisa ofrecida a otro, el ocaso, el poema, el universo objetivo. Poseer es perder. Sentir sin poseer es guardar, porque es extraer la esencia de algo."

Libro del desasosiego, Fernando Pessoa  (via miss-catastrofes-naturales)

(Source: icarofaeton, via miss-catastrofes-naturales)